Era casi medianoche en la autopista 42, uno de esos tramos largos y vacíos donde las estrellas parecen más brillantes que las farolas. Rick, de sesenta y tres años, bombero jubilado y motociclista de toda la vida, se dirigía a casa después de un largo viaje. La carretera estaba tranquila, la noche fresca y estaba listo para irse a dormir. Pero entonces vio algo que lo hizo reducir la velocidad: un sedán blanco estacionado en el arcén, con las luces de emergencia parpadeando débilmente en la oscuridad.
Al principio, pensó en seguir adelante. Había sido un día largo y aún faltaban sesenta kilómetros para llegar a casa. Pero cuando su faro recorrió el coche, vio a una joven agachada junto a la rueda trasera. Parecía de unos quince o dieciséis años, llorando en silencio mientras intentaba aflojar las tuercas con una llave de tuercas. Algo en la escena lo atrajo: no solo su miedo, sino la forma en que miraba constantemente hacia el bosque, como si esperara que alguien, o algo, emergiera de las sombras.
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