La noche que mi nuera me mandó a dormir al garaje

La respiración de Sable era el único sonido áspero.

“Nos engañaste”, dijo finalmente, alzando la voz. “No eres mejor que un mentiroso”.

Le dediqué una pequeña sonrisa cansada.

“No, Sable”, dije. “No engañé a nadie. Fui paciente. Dejé que el tiempo revelara la verdad”.

Me senté en la vieja silla de cuero de Gordon, con la mano apoyada en la cicatriz que su pluma estilográfica había dejado en el escritorio años atrás.

Durante años, me senté a su lado, planeando presupuestos, vacaciones, regalos de Navidad. Hoy, estaba sentado solo.

Pero no estaba indefenso ni

 

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