La novia de mi nieto se burló de la colcha que cosí durante semanas para su boda… jamás imaginó lo que él haría después

Yo quise creerle.

La primera vez que conocí a Claudia fue en un desayuno que sus padres organizaron en su casa, una mansión imponente en las afueras de Querétaro. Me puse mi mejor vestido —el gris suave que Don Manuel me regaló en nuestro aniversario número veinte— y prendí en el pecho el broche que me dio ese mismo año. Antes de bajar del taxi, respiré hondo. Aquello no era una casa. Era otro mundo.

Todo brillaba. El mármol, los cristales, las conversaciones que flotaban por encima de mí como si hablaran otro idioma.

La madre de Claudia me saludó con una sonrisa ensayada, revisándome de arriba abajo en un segundo.

—Qué gusto conocerla por fin —dijo.

Claudia me dio un abrazo ligero, casi sin tocarme.

—Hola, Rosita —dijo—. ¿Son… zapatos antiguos?

—Sí —respondí—. Mi esposo me los regaló hace muchos años.

—Qué lindo —contestó, ya mirando hacia otro lado.

Durante el desayuno intenté contar historias de Julián: de cuando hizo su primer comedero para pájaros, de cómo se desvelaba estudiando. Nadie escuchaba de verdad. En esa mesa, el dinero hablaba más fuerte que los recuerdos.

—¿Está bien, abuela? —me preguntó Julián después.

—Sí, mijo —mentí—. Solo estoy cansada.

La boda fue tres meses después. Cuatrocientos invitados. Orquesta. Flores por todas partes. Nunca había visto tanto lujo junto, y por primera vez en años… me sentí pequeña.

No podía comprar un regalo caro. Mi pensión apenas alcanza. Pero tenía algo mejor que dinero: tiempo, historia y amor.

Pasé semanas cosiendo a mano una colcha. Usé retazos de momentos importantes de nuestra vida: la cobijita de bebé de Julián, una camisa vieja de Tomás, una franela de Don Manuel, incluso un pedacito de mi vestido de boda, amarillento pero lleno de memoria. En una esquina bordé sus nombres con cuidado y un corazón sencillo.

No era perfecta. Mis manos se cansaban. Las puntadas temblaban. Pero era honesta.

En la recepción me sentaron al fondo, con familiares lejanos. Cuando empezaron a abrir los regalos, todo era aplausos.
Hasta que llegó el mío.

Claudia levantó la colcha, la miró… y se rió.

Yo bajé la mirada. Pero alguien más en ese salón ya no estaba dispuesto a guardar silencio.

Parte 2 …

 

—¿Tú hiciste esto? —preguntó en voz alta, levantando la colcha como si fuera una curiosidad antigua, no un regalo.
Sus amigas se miraron entre ellas y rieron sin pudor, una risa ligera, cruel, que atravesó el salón como una cuchilla fina.

—Tal vez la guardemos por ahí —añadió Claudia, encogiéndose de hombros—. Ya sabes… por nostalgia.

No gritó. No fue necesario.
Sentí cómo el calor me subía al rostro, cómo el pecho se me cerraba despacio, con esa vergüenza silenciosa que solo conocen los viejos cuando entienden que estorban. Me levanté con cuidado, sin hacer ruido, y caminé hacia la salida mientras la música seguía sonando, ajena, indiferente.

Afuera, bajo las luces blancas del jardín, el aire de la noche me golpeó el rostro. Respiré hondo. Pensé en Don Manuel, en sus manos ásperas sosteniendo las mías cuando aprendí a coser. Pensé en Tomás, en su camisa vieja convertida en un pedazo de abrigo. Pensé en todas las madrugadas, en cada puntada hecha con amor, en todo lo que había quedado atrapado en esa colcha.

No lloré.
Pero sentí cómo algo dentro de mí se encogía.

Entonces, una mano firme tomó la mía.

—Abuela… no te vayas.

 

 

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