La prueba silenciosa que no sabía que necesitaba: Un pasillo de supermercado y la forma del amor

Cuando mi esposo cogió las llaves y se dirigió a la puerta esa tarde, me sentí como un pequeño e inolvidable momento cualquiera, insertado en medio de un día cualquiera. La casa zumbaba suavemente a mi alrededor: el refrigerador encendiéndose y apagándose, el leve susurro de las cortinas moviéndose con la brisa que entraba por una ventana entreabierta.

Estaba de pie en el umbral de la cocina y la sala cuando me di cuenta de que nos faltaban compresas.

"¡Oye!", le grité, siguiendo el sonido de la puerta al abrirse. "¿Puedes traer compresas mientras estás fuera?".

Se detuvo, con una mano todavía en el pomo, ya a medio camino de la puerta. "Claro", dijo con naturalidad, sin la vacilación que casi esperaba.

En cuanto la puerta se cerró tras él, sentí esa opresión familiar en el pecho, una sensación instintiva de fortaleza. Ya había pasado por esto antes.

En mi mente, ya podía imaginar mi teléfono llenándose de mensajes: fotos tomadas demasiado rápido, etiquetas cortadas, estantes borrosos por el movimiento. Imaginé la inevitable llamada, su voz ligeramente tensa, preguntando: "¿Es este? ¿O este? Espera, ¿qué significa 'normal'?".

Me dije que estaba bien. Siempre lo era. Estas cosas pasaban. Aun así, sentía una ligera fatiga al saber que tendría que guiarlo mentalmente en una tarea que normalmente hacía sin pensar.

Incluso mientras intentaba quitármela de encima, esa silenciosa expectativa persistía, instalándose en un segundo plano en mis pensamientos.

Pasó el tiempo. Recorrí la casa, acomodando cojines, enjuagando una taza que había dejado en la encimera, atenta al sonido de su coche en la entrada. Cuando por fin se abrió la puerta principal, crujieron las bolsas de la compra: un sonido suave e inconfundible que normalmente apenas se registraba.

Entró, con las mejillas ligeramente sonrojadas por el frío y el pelo alborotado por el viento. Dejó las bolsas en la encimera de la cocina y empezó a vaciarlas una a una, con un ritmo familiar y pausado.

Entonces lo vi.

 

 

ver continúa en la página siguiente