La sanadora del desierto rojo: un romance histórico sobre el coraje, el valor y un amor que la eligió
En las reuniones, aprendió a acurrucarse junto a abuelas y palmeras en macetas. Sonreía cuando se le pedía. Bailaba solo cuando la presionaban. Se refugiaba en los libros de su abuela y en el pequeño consuelo de los dulces de cocina, la única ternura que no le exigía ser otra persona.
Su padre, Don Patricio, era todo libros de contabilidad y mapas, un hombre capaz de calcular el valor de la tierra hasta el último arroyo. Miraba a Jimena como estudiaba los informes de cosecha: ¿qué, exactamente, se podía extraer? Cinco de sus hijos se habían casado con ventaja. Una hija, en su opinión, no.
Así que la noche del gran baile de la temporada se presentaba como su última oportunidad. Su madre encargó un vestido de seda azul rey con hilos de oro, como si el gasto pudiera distraer la mirada de hombres entrenados para valorar la belleza con despiadada eficiencia. Jimena bajó la escalera con una valentía digna de medallas. Los susurros llegaron antes de que llegara al suelo.
¿Quién la elegirá?
¿Quién pasará por alto su figura?
Respiró hondo, como se le enseña a una dama, mientras otra chica con un vestido más ligero era arrastrada por un pretendiente ansioso. Para cuando el carruaje las llevó a casa, el silencio era más fuerte que cualquier veredicto. Por la mañana, su padre la llamó a la sala donde se hacían los contratos. Habló de futuro y utilidad. Habló de acuerdos. Y en una decisión que resonaría a lo largo de los años, dispuso enviar a Jimena a una reserva apache en la frontera norte, donde un guerrero capturado llamado Tlacael había recibido una parcela de tierra bajo supervisión gubernamental.
La explicación fue fría: un "experimento" de asentamiento pacífico. Una forma de evitar más derramamiento de sangre. Un lugar donde Jimena podría, por fin, ser "útil". Las palabras eran pesadas, y sin embargo, en medio de la conmoción, algo más se agitó en su pecho. ¿Podría una vida más allá del mármol y los espejos sentirse como un respiro?
Al amanecer, el carruaje atravesó un paisaje árido que parecía extenderse eternamente. Roca roja. Bóveda azul de cielo. Viento con olor a salvia y sol. Jimena no miró atrás.
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