La sanadora del desierto rojo: un romance histórico sobre el coraje, el valor y un amor que la eligió
Se presentaron los documentos, sellados y oficiosos. Un sacerdote llegó preocupado por su alma. Los vecinos observaban desde la distancia, evaluando sus intenciones. Tlacael permaneció a su lado, erguido y silencioso como un pino.
“No nos levantaremos”, dijo. “Hablaremos”.
Y Jimena habló. De un trabajo que importaba. De las personas a las que había llegado a amar. De una vida que no la pesaba en una báscula cada mañana. Habló con la autoridad de una mujer que se ha mirado a sí misma sin disculparse y ha reconocido su propio valor.
La presión aumentó de todos modos. Se hicieron promesas de “protección”
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