El bolígrafo le pesaba inusualmente en la mano aquella tarde de octubre. Afuera, en la ventana del despacho del abogado, la lluvia tamborileaba sin cesar contra el cristal, nublando la vista del pequeño pueblo de Colorado y las lejanas Montañas Rocosas. Dentro, el aroma a perfume floral caro se mezclaba con el olor a muebles viejos de cuero y madera pulida.
El teléfono de Karin Patterson vibró por lo que parecía la centésima vez esa semana. La pantalla se iluminó de nuevo con el nombre de su hijo. Dominic. Había perdido la cuenta de las veces que había llamado. ¿Cuarenta y siete? ¿Cuarenta y ocho? Ya no importaba. No había contestado en tres días.
"Señora Patterson", dijo la abogada con suavidad, con voz profesional pero amable. "¿Está completamente segura de esto?"
La mano de Karin se cernía sobre la línea de la firma. La punta del bolígrafo brillaba bajo las luces del techo. Podía oír el suave
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