La viuda compró la tierra que nadie quería. Lo que desenterró lo cambiaría todo. Cuando Teresa bajó de la camioneta, el suelo se agrietó bajo sus sandalias como algo frágil y exhausto. El sol del sur de México no tenía piedad; lo azotaba todo con la misma crueldad: los techos de lámina oxidada, los mezquites retorcidos, los cauces secos de los ríos reducidos a pálidas cicatrices sobre la tierra. Era principios del siglo XX, en un rincón olvidado de Guerrero donde el agua valía más que las monedas, y la supervivencia no se medía en años, sino en cuántas cubetas se podían cargar antes de desplomarse. En este lugar, un pozo profundo significaba prosperidad. Sin uno, significaba caminar kilómetros bajo un cielo abrasador, rezando por la lluvia que caía tan
Ana empezó a llamar a Antonio "Papá" sin que nadie le enseñara. Un día, en el huerto, Antonio se arrodilló con un sencillo anillo.
“No porque me necesites”, dijo, “sino porque yo te necesito”.
Teresa dijo que sí.
Se casaron en la iglesia del pueblo, rodeados de flores silvestres y risas infantiles. No fue solo una boda; fue la prueba de que la esperanza puede superar la pérdida.
Con los años, la tierra prosperó. Tuvieron un hijo. El manantial siguió fluyendo. El desierto se convirtió en un jardín.
Y cuando Teresa, ya con canas, se sentó al atardecer a ver a sus nietos jugar cerca del agua, comprendió el verdadero secreto de esa tierra:
No era solo una fuente escondida bajo tierra.
Fue una lección para cualquiera que se atreva a cavar.
Porque a veces el mayor tesoro no está en la superficie.
A veces está debajo, esperando a alguien con fe, trabajo honesto y el coraje de seguir cavando... incluso cuando todos ríen.
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