La viuda compró un terreno viejo que nadie quería… pero al cavar para sembrar maíz, encontró un secreto
Cuando Teresa bajó de la camioneta y sintió cómo la tierra reseca crujía bajo sus huaraches, supo que no había marcha atrás. El sol del sur de México no perdonaba a nadie: caía como un juicio sobre los techos de lámina oxidada, sobre los mezquites retorcidos, sobre los arroyos convertidos en cicatrices de polvo. Era principios del siglo XX, en una región árida de Guerrero, donde el agua valía más que el dinero y la vida se medía en cubetas. Quien tenía un pozo profundo era visto como bendecido; quien no, aprendía a sobrevivir caminando kilómetros con latas al hombro y rezando por una lluvia que tardaba tanto que la esperanza se volvía tierra seca.
Teresa tenía treinta y dos años, pero el dolor le había puesto más edad en la mirada. Hacía apenas unos meses, una fiebre se llevó a su marido en tres días, sin despedidas ni explicaciones. De pronto quedó viuda, con dos hijas pequeñas y unos cuantos pesos guardados como quien protege una vela encendida en medio del viento.
Volver a la casa de sus padres era aceptar la lástima eterna y el destino de siempre. Quedarse sola era apostar la vida entera a una idea que muchos llamaban locura.
“Yo voy a poder.”
Por eso compró el terreno que nadie quería.
Era una parcela abandonada desde hacía años, lejos del río, con una casa medio derrumbada y una tierra tan dura que ni la hierba se atrevía a crecer. “Está barata”, le dijo el notario del pueblo, con ese tono que mezcla consejo y advertencia. “Pero aquí no hay futuro.” Teresa escuchó en silencio. Ella no compró futuro; compró una oportunidad.
La casa parecía más un recuerdo que un hogar: tablas flojas, una puerta colgando, agujeros en el techo por donde el viento silbaba como si también tuviera hambre. Ana, de cuatro años, apretó la mano de su madre y miró alrededor.
—¿Aquí, mamá?
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