Y cuando Teresa, ya con canas, se sentaba al atardecer mirando a sus nietos jugar cerca del agua, entendía el verdadero secreto de aquella tierra:
no era solo una fuente escondida bajo el suelo.
Era una lección para quien se atreve a cavar.
Porque a veces el mayor tesoro no está en la superficie.
A veces está debajo, esperando a alguien con fe, trabajo honesto y el valor de seguir cavando…
incluso cuando todo el mundo se ríe.
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