La viuda compró un terreno viejo que nadie quería… pero al cavar para sembrar maíz, encontró un secreto
Teresa tragó saliva y respondió con una firmeza que aún no sentía.
—Aquí, hija. Vamos a levantarlo poco a poco.
Esa primera noche durmieron sobre cobijas viejas, escuchando los ruidos del campo. Rosa, la más pequeña, se movía inquieta en sueños. Teresa se quedó despierta mirando a sus hijas, preguntándose si la fuerza de una mujer alcanzaba para sostener una vida entera.
Al amanecer, se amarró a la bebé a la espalda con un rebozo, tomó la herramienta más humilde y fiel que existe —la azada— y salió al patio.
Trabajó como si el trabajo fuera oración. Tapó agujeros, clavó tablas, limpió años de abandono. A los pocos días, los vecinos empezaron a aparecer, no para ayudar, sino para juzgar. Se apoyaban en la cerca, con los brazos cruzados, mirando como se mira un error ajeno.
La primera fue doña Petra, una mujer dura, curtida por el sol.
—¿Usted es la nueva dueña? —preguntó.
Teresa asintió sin dejar de trabajar.
—Sola, con dos criaturas… en esta tierra —chasqueó la lengua—. Aquí no crece nada. El dueño anterior se fue. Usted no va a durar.
Las palabras pesaron como piedras. Teresa respiró hondo.
—No me rindo fácil.
Doña Petra se rió con sequedad y se fue.
Y Teresa siguió.
Durante semanas cargó agua desde el pozo comunitario, a casi media hora caminando. Ana la acompañaba con una latita pequeña, orgullosa de ayudar. Rosa dormía a la sombra cuando el calor era insoportable. Teresa sembró frijol, maíz y calabaza; gastó sus últimos pesos en semillas como quien compra esperanza. Regó y esperó. Pero los brotes nacían débiles y morían rápido, como si la tierra los rechazara.
En el pueblo, los murmullos crecían.
“Pobres niñas.”
“Esa mujer es terca.”
Teresa lo escuchaba todo, pero cada vez que veía a sus hijas jugar, recordaba por qué estaba ahí: porque ellas no podían crecer creyendo que el mundo decide por una mujer.
Una noche, con el cuerpo roto, Teresa rezó en voz baja:
—Dios mío, no sé si hice bien, pero mis hijas me necesitan. Si hay una bendición enterrada en esta tierra, muéstrame dónde.
Al día siguiente tomó una decisión desesperada y valiente a la vez.
Si la superficie no daba, cavaría más profundo.
Eligió un rincón del terreno y empezó a abrir un hoyo grande. Cada palada era una pelea con la tierra. Los vecinos se burlaban.
—Está cavando su tumba.
Teresa no respondió. Solo cavó.
Una mañana, cuando el hoyo ya era profundo, la tierra cambió de sonido. Teresa clavó la azada y sintió humedad. Cavó otra vez. Y entonces escuchó algo distinto.
Agua…..
Primero brotó despacio. Luego con fuerza. Clara, viva, subiendo desde lo más hondo.
Teresa cayó de rodillas, empapada, riendo y llorando al mismo tiempo.
—¡Ana! ¡Agua! ¡Tenemos agua!
Ana miró con los ojos enormes.
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