Ella le apartó la mano de una patada.
“Ya firmé el divorcio”, dijo con frialdad. “No tengo esposo. Y mi hijo no necesita un padre débil y codicioso”.
Los guardias los sacaron a rastras mientras sus gritos resonaban por el pasillo.
Mariana salió del hospital con su bebé en brazos y subió a una limusina que los esperaba. Dentro estaba sentado su padre, Don Fernando Villaseñor.
Afuera, los tres permanecieron bajo la lluvia, sin refugio ni protección, dándose cuenta finalmente de que sus lujosas vidas habían terminado.
Y la lección que aprendieron fue simple:
**Nunca humilles a quien guarda silencio.La persona a la que llamas "nadie" puede ser quien controle tu futuro.
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