Le prometí a cada uno de mis cinco nietos una herencia de 2 millones de dólares; al final, nadie la recibió.
Demasiado ocupados para la mujer que se había quedado despierta toda la noche cuando estaban enfermos, que les había cosido sus disfraces de Halloween a mano, que les había enseñado a hornear pan, a cambiar una rueda y a creer en sí mismos.
Ahora bien, no estoy amargada… no del todo, al menos.
Pero soy humana, y los humanos tienen sus límites.
Así que decidí darles una lección.
No gritándoles, ni regañándolos, ni haciéndoles sentir culpables.
Tenía un plan para que aprendieran por sí solos gracias a su propia avaricia.
Un domingo por la tarde, me senté a la mesa de la cocina con una taza de té y un cuaderno.
La casa estaba tan silenciosa que podía oír el tictac del reloj en la pared.
Escribí mi plan con cuidado, pensando en cada detalle.
Les prometía a cada nieto una herencia de dos millones de dólares, pero solo si demostraban una cosa.
Empecé con mi nieta, Susan. Ahora tiene 30 años, es madre soltera y tiene tres trabajos. Apenas duerme.
Pero lo bueno de Susan es que siempre se preocupaba.
Incluso cuando estaba agotada, me mandaba mensajes de buenas noches.
Seguía trayendo a los niños a verme.
Llamé a su puerta temprano un sábado por la mañana.
Abrió con cara de haber sido atropellada.
"¿Abuela? ¿Qué te trae por aquí tan temprano?", preguntó.
"Ay, cariño." Sonreí dulcemente.
"Quería hablar del testamento. Nada serio. Solo una pequeña charla."
De repente, Susan pareció preocupada.
"Te lo prometo, cariño", susurré. "Valdrá la pena."
Sus ojos se iluminaron un poco.
"¿Puedo pasar?", pregunté.
Se hizo a un lado y entré en su pequeña casa.
Había juguetes esparcidos por el suelo y una montaña de platos en el fregadero. El olor a tostada quemada flotaba en el aire.
Así era la vida de Susan, y era dura.
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