"Sí", dijo rápidamente. "Su nombre está cosido dentro de la camisa: Ryan Carter. No abrimos nada más. Simplemente no sabíamos qué hacer".
Pastillas blancas. Una llave de hotel. Ryan, que tenía recados. Ryan, que recientemente había empezado a llegar a casa oliendo a colonia que yo no tenía.
"Voy enseguida", dije.
Conduje sin pensar, con las manos entumecidas al volante. En el aparcamiento, me quedé mirando el cartel de la lavandería, casi esperando que lo explicara todo.
Adentro, el personal parecía desconcertado. La Sra. Álvarez no estaba; su hija deslizó una pequeña bolsa con cierre hermético por el mostrador, con cuidado de no tocarla.
Dentro había cinco pastillas blancas con una "M" minúscula. La tarjeta de acceso tenía el logo: Harborview Suites.
No me desmayé, pero entendí cómo le pasa a la gente. Sentía las piernas débiles y el corazón me latía con fuerza.
"¿Quiere que llamemos a la policía?", susurró.
Noté algo más en la bolsa: un papel doblado, húmedo pero legible.
Lo abrí con manos temblorosas.
La pulcra letra de Ryan me devolvió la mirada:
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