Desde fuera, mi esposo James parecía la pareja ideal. Era responsable con el dinero y las tareas del hogar. Estaba atento a mis necesidades y sentimientos. Demostraba ambición en su carrera y en nuestro futuro en común. Mis amigos envidiaban lo que percibían como nuestra relación perfecta.
Vivíamos cómodamente en una casa espaciosa en una de las zonas más prestigiosas de la Ciudad de México. Los fines de semana, disfrutábamos de desayunos tranquilos en cafeterías de Polanco, paseábamos por el emblemático Paseo de la Reforma y hacíamos planes para nuestro futuro como cualquier pareja estable y exitosa de la clase media-alta de la capital.
Cuando James me dijo que su empresa le ofrecía un puesto importante en Toronto, Canadá, fui la primera en celebrar esta oportunidad con él. Me sentí orgullosa de sus logros y emocionada por lo que esto podría significar para nuestro futuro juntos.
“Esta es mi gran oportunidad profesional”, explicó con entusiasmo. “Solo será por dos años, Sarah. Después de ese tiempo, podremos regresar e invertir más aquí en México. Incluso podríamos abrir nuestro propio negocio con los ahorros y la experiencia”. Dos años viviendo separados. Dos años en los que permanecería en la Ciudad de México administrando nuestras propiedades de alquiler en Querétaro y Monterrey, supervisando nuestras diversas inversiones y manteniendo la vida que habíamos construido juntos.
Confiaba plenamente en él. Porque era mi esposo. Porque lo amaba profundamente. Porque no tenía ninguna razón para dudar de lo que me decía.
Hasta tres días antes de su supuesto vuelo de salida, cuando todo lo que creía se hizo añicos en un instante.
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