Lloré llevando a mi esposo al aeropuerto para su trabajo de dos años en el extranjero, luego volví a casa y transferí todo antes de solicitar el divorcio.
El descubrimiento que lo cambió todo
James llegó a casa temprano una tarde cargando varias cajas grandes, con aspecto enérgico y decidido.
"Me estoy adelantando con los preparativos", dijo con entusiasmo. "Todo es mucho más caro en Toronto, así que traeré todo lo que pueda de aquí".
Mientras se duchaba esa noche, entré en el estudio de nuestra casa para buscar unos documentos notariales que necesitaba para una de nuestras transacciones inmobiliarias. Su computadora portátil estaba abierta sobre el escritorio.
No buscaba nada sospechoso. No tenía motivos para curiosear ni investigar. Pero lo que apareció en esa pantalla cambió por completo el curso de mi vida.
Una reserva confirmada por correo electrónico se exhibía en un lugar destacado.
Alquiler de apartamento de lujo en Polanco. Totalmente amueblado con todos los servicios incluidos. Contrato de dos años que comenzaba exactamente la misma fecha que el vuelo de James a Canadá.
El contrato de alquiler incluía a dos residentes registrados. El nombre completo de James. Y una persona llamada Erica, cuyo apellido no reconocí.
Había una nota adicional que me heló la sangre: "Por favor, incluyan una cuna en la habitación principal".
Una cuna. Para un bebé.
Sentí que el aire se me escapaba por completo de los pulmones. Me senté en la silla del escritorio y me obligué a leer cada línea del correo electrónico varias veces para asegurarme de que lo entendía bien.
La fecha de inicio del contrato coincidía con el día en que James supuestamente volaría a Toronto. No iba a Canadá. Se mudaba a un apartamento a veinte minutos de nuestra casa, en un barrio por el que pasábamos con frecuencia.
Y Erica, quienquiera que fuera, estaba embarazada de su hijo.
Entendiendo la Manipulación Financiera
Pensé de inmediato en nuestra cuenta bancaria conjunta en una importante institución de Santa Fe. El saldo era de aproximadamente seiscientos cincuenta mil dólares. La gran mayoría de ese dinero provenía de la herencia que mis padres me dejaron tras su fallecimiento en un terrible accidente automovilístico en la carretera a Cuernavaca varios años antes.
Cuando nos casamos, James insistió encarecidamente en que uniéramos todas nuestras finanzas en cuentas conjuntas "para una total transparencia y convivencia marital". En aquel momento, su razonamiento me pareció romántico y maduro. Ahora entendía la verdadera motivación.
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