Los amigos desaparecieron en 2013 y en 2024 uno de ellos se hizo famoso en TikTok en otro país.
Catalina Torres y Abril Ruiz se conocieron el primer día de kínder en 1999. Desde entonces, fueron inseparables: dos niñas que crecieron como hermanas en casas separadas a tres cuadras de distancia. Catalina era la mayor de tres hermanos. Su padre, Roberto, trabajaba largas jornadas como supervisor de fábrica. Su madre, Laura, daba clases en una escuela pública. Su hogar era estable, modesto, lleno de rutinas: asados los domingos, mate en el patio, viajes de verano cuando el dinero lo permitía.
Catalina era alta, extrovertida e intrépida. Le encantaba la moda y llenaba cuadernos de bocetos, soñando con ir a la escuela de diseño. Abril, hija única, era más tranquila y observadora; siempre llevaba su cámara, capturando momentos que otros se perdían. Quería estudiar periodismo y viajar.
Se equilibraban a la perfección: Catalina era fuego; Abril, agua. Una saltaba. La otra, calculaba. Juntas, se sentían imparables.
Para 2013, ambas tenían 19 años. Catalina trabajaba a tiempo parcial en una boutique del centro. Abril había empezado la universidad, pero no estaba segura de su camino. Ese invierno hablaron constantemente del futuro: de viajes, carreras y la vida que construirían juntas.
No tenían ni idea de que el futuro estaba a punto de serles robado. 18 de junio de 2013
Hacía frío y lloviznaba, un típico día de invierno en Rosario. Pero para Catalina, nada de eso importaba: era su cumpleaños.
Su madre preparaba sus pasteles favoritos. Sus hermanos le dieron regalos sencillos y llenos de significado. Al mediodía, Abril llegó con una bufanda que ella misma había tejido: un cálido amarillo mostaza, el color favorito de Catalina ese año.
Pasaron la tarde riendo en la habitación de Catalina, probándose ropa, tocando música. Más tarde, Catalina anunció que quería salir.
"Solo al centro", prometió. "Cena, un paseo, quizás fotos. Volveremos temprano".
Laura dudó. Rosario se había vuelto más ruda. Pero Catalina ya era adulta y era su cumpleaños. Laura les dio dinero para el taxi "por si acaso" y les hizo prometer que se quedarían en zonas iluminadas y que llamarían si algo no iba bien.
Alrededor de las 7 p. m., se fueron.
Catalina llevaba vaqueros oscuros, botas negras, un suéter gris y la bufanda de Abril. Abril vestía jeans, zapatillas, una chaqueta vaquera y llevaba su cámara Canon. Tomaron un autobús hacia el centro de la ciudad.
A las 7:47 p. m., Catalina le envió un mensaje a su madre:
"Estamos en el centro. Todo bien. Te quiero".
Ese fue el último mensaje que envió.
Las cámaras de seguridad captaron más tarde a las dos amigas en la calle Córdoba alrededor de las 8 p. m., sonriendo, mirando escaparates y tomándose selfis. Se veían relajadas. Normales. Seguras.
A las 8:34 p. m., entraron a una pizzería a unas cuadras de distancia. El dueño declaró después a la policía que pidieron pizza y refresco, se rieron mucho, pagaron en efectivo y dejaron una propina. Nada inusual.
A las 9:01 p. m., las cámaras las mostraron saliendo bajo la lluvia. Catalina se ajustó la bufanda al cuello. Abril se subió la capucha. Caminaron hacia el este.
Un testigo en una parada de autobús cercana recordó haberlas visto señalando hacia el río, como si estuvieran decidiendo si caminar un poco más.
Y entonces, nada.
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