Los días tranquilos después de la fiesta de despedida
No era moderno ni ruidoso. Solo un espacio estrecho con unas pocas mesas, el aroma a café recién hecho y música suave de fondo.
Pedí una bebida sencilla y me senté junto a la ventana.
Eso fue todo. No pasó nada especial. Ninguna conversación que mereciera la pena recordar. Ninguna revelación repentina.
Y, sin embargo, al día siguiente, volví. La comodidad de la repetición
Me dije que iría por el café, pero no era cierto. Lo que buscaba era la estructura.
Me gustaba recorrer el mismo camino cada mañana. Me gustaba sentarme en la misma mesa. Me gustaba pedir la misma bebida sin tener que pensarlo.
En la jubilación, los días se difuminan si se lo permites. Esa pequeña rutina de cafetería le dio a mis mañanas un comienzo claro. Me dio una razón para vestirme y salir, incluso cuando el clima no era propicio.
Después de un rato, la joven camarera detrás del mostrador comenzó a reconocerme. Aprendió mi nombre. Recordó mi pedido antes de que lo dijera.
"¿Qué tal tu mañana?", me preguntaba, dejando mi taza.
A veces mencionaba el clima. Otras veces me preguntaba si me molestaban las articulaciones cuando hacía frío. Los intercambios eran breves, pero se sentían genuinos. Nada apresurados. Nada forzados.
No me di cuenta de cuánto valoraba esos minutos de reconocimiento hasta que se convirtieron en parte de mi rutina.
Una cara conocida importa más de lo que crees
Conforme las semanas se convertían en meses, la cafetería se convirtió en un punto de encuentro tranquilo en mi día. No me quedaba más tiempo del necesario y nunca hablábamos de nada profundamente personal. Aun así, su amabilidad importaba.
Me recordaba que era visible.
En la jubilación, la invisibilidad puede apoderarse de ti. Ya no eres necesario de la misma manera. Nadie espera que llegues a cierta hora ni que contribuyas a una reunión. Ese simple reconocimiento, un nombre pronunciado en voz alta, puede significar más de lo que debería.
Empecé a programar mis mañanas en torno a esa visita. Si me despertaba inquieta o sin rumbo, me decía: "Ve por tu café". Eso era suficiente para ponerme en marcha.
En ese momento no lo consideraba soledad. Lo consideraba un hábito.
Cuando la rutina se rompe
Una mañana, la rutina se rompió.
Entré en la cafetería, asentí con la cabeza hacia el mostrador y esperé su saludo habitual.
No llegó.
Otra persona tomó mi pedido. Educada. Eficiente. Pero ella no.
Me dije a mí misma que no le diera importancia. La gente se toma días libres. Los horarios cambian.
Pero al día siguiente, seguía sin estar allí.
Y al siguiente.
ver continúa en la página siguiente
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
