Los días tranquilos después de la fiesta de despedida
Lo que más me sorprendió no fue su historia. Fue lo que descubrí sobre mí misma mientras la escuchaba.
Pensé que extrañaba la rutina. El café. La familiaridad.
Pero lo que realmente extrañaba era ser notada.
Su amabilidad nunca había sido personal como yo la había hecho discretamente. Para ella, simplemente formaba parte de ser decente en su trabajo y amable en su vida. No me había equivocado al valorarla, pero había confundido su origen.
Darme cuenta de eso no me dolió como esperaba. Al contrario, me trajo una extraña sensación de alivio.
Hablamos abiertamente esa tarde. No como clienta y camarera, sino como dos personas sentadas una frente a la otra, compartiendo en qué punto nos encontrábamos. No hubo presión para que la conversación se convirtiera en algo más de lo que era.
Cuando me fui, me sentí más ligera que en meses.
Una nueva forma de jubilarse
Nada cambió drásticamente después de esa visita.
No nos volvimos inseparables de repente. No hicimos grandes planes. Simplemente quedamos en reunirnos para tomar el té de vez en cuando, cuando el tiempo lo permitía.
Y lo hemos hecho.
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