Los siete secretos que cambiaron mi forma de hablar con mis hijos y salvaron nuestra relación

Llega un momento en la vida en que todo cambia. El ritmo cambia. Las prioridades se reorganizan silenciosamente, sin alardes. Tu perspectiva se profundiza, moldeada por décadas de experiencia, alegría, desamor y supervivencia.

Y en algún momento de ese cambio, surge una necesidad silenciosa: la necesidad de vivir con más paz y menos explicaciones. La necesidad de proteger lo que has construido, no solo materialmente, sino también emocional y espiritualmente.

Tengo sesenta y ocho años y he aprendido esta verdad a las malas.

Me llamo Alejandro y, durante la mayor parte de mi vida adulta, creí que ser un buen padre significaba transparencia total. Pensaba que la honestidad implicaba compartirlo todo: mis miedos, mis finanzas, mis problemas de salud, mis arrepentimientos. Creía que la franqueza era la base de la confianza.

Pero estaba equivocado.

Tuve que viajar al otro lado del mundo y conversar con un monje budista para aprender que, a veces, lo más amoroso que puedes hacer por tus hijos es guardarte ciertas cosas.

No se trata de engaños ni de construir muros. Se trata de comprender que algunas cargas no son para compartir, que algunas verdades crean más problemas de los que resuelven y que proteger tu paz no es egoísta, es esencial.

Permítanme contarles cómo aprendí esta lección y los siete principios que transformaron mi relación con mis hijos y me devolvieron la tranquilidad que buscaba.

 

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