MADRE DEL MILLONARIO grita “¡No me pegues más!” — El HIJO entra y su furia hiela a su PROMETIDA…
Lucia miró a Isabel, luego al café desparramado. Sin decir una palabra, fue por una escoba y un recogedor y comenzó a limpiar. Sus movimientos eran mecánicos, pero sus ojos estaban llenos de una furia contenida. Cuando terminó, se acercó a la lujosa cafetera de Expreso, la que Valeria le había prohibido a Isabel tocar. preparó un café, el aroma fuerte y delicioso llenando el aire. Se lo sirvió a Isabel en una taza de porcelana fina y se lo entregó.
“Tome, señora”, susurró. “A veces un buen café ayuda a soportar el veneno. Fue un pequeño acto de rebelión, un gesto que le decía a Isabel que aunque estuviera en una jaula de oro, no estaba completamente sola.” Isabel subió las escaleras aferrándose al pasamanos de madera pulida, como si fuera el último salvavidas en un océano embravecido. Sus piernas se sentían débiles, gelatinosas, y cada escalón era un esfuerzo monumental. El asalto la cocina la había vaciado de toda fuerza.
Al llegar a su cuarto, giró el pestillo y se recargó contra la puerta, respirando agitadamente. Se sentía como una fugitiva en su propia vida, una prisionera en una cárcel de lujo. Caminó hacia el gran ventanal que daba al jardín, buscando un poco de aire, pero al intentar abrirlo, descubrió que la manija estaba atascada o cerrada con llave, un detalle insignificante que en ese momento se sintió como una metáfora perfecta de su situación. Atrapada, sin escapatoria. La sensación de claustrofobia era asfixiante.
Necesitaba conectar con algo real, con algo que le recordara que su vida no siempre había sido ese infierno de seda y crueldad. Se arrodilló junto a su vieja maleta de cartón y sacó su caja de tesoros. se sentó en el suelo ignorando la suavidad de la alfombra y la abrió sobre su regazo. El olor a madera vieja y a papel guardado la transportó a otro tiempo. Primero sacó el zapatito de estambre azul que ella misma había tejido para Alejandro cuando era un bebé.
Era tan pequeño que cabía en la palma de su mano. Recordó sus dedos torpes luchando con las agujas, la ilusión de sentir sus pataditas en el vientre. A su lado colocó el viejo reloj de pulsera de su esposo. No funcionaba desde hacía décadas, pero aún podía sentir el calor de su piel en el metal gastado. Recordó sus manos fuertes, su risa ronca y el vacío inmenso que dejó cuando se fue. Alejandro era lo único que le quedaba de él, la continuación de su amor.
Luego vino la foto de la graduación de primaria con su niño chimuelo y orgulloso. y el dibujo del solriente. Cada objeto era un ancla, un recordatorio de una vida de sacrificios y de un amor tan vasto que no conocía límites. Fue ese amor el que la llenó de una súbita y ardiente oleada de furia. ¿Cómo se atrevía esa mujer a pisotear todo lo que ella representaba? ¿Cómo se atrevía a amenazar la única luz de su vida? El impulso fue más fuerte que la razón.
Tomó su celular. No podía seguir así. Alejandro tenía que saber la verdad. Tenía que abrir los ojos. Su pulgar temblaba mientras buscaba su contacto en la agenda. Se detuvo sobre el botón de llamar, su corazón latiendo con una fuerza desbocada. Tienes que hacerlo, Isabel, se dijo en un susurro. Por tu hijo. Él tiene que saber con qué clase de víbora se va a casar. Pero una voz más fría y temerosa le respondió en su cabeza. Y si no te cree, y si Valeria, con sus lágrimas de cocodrilo y sus mentiras bien ensayadas, lo convence de que estás loca, de que son celos de una vieja que no quiere soltar a su hijo, lo perderás.
Te echará de su casa y de su vida, te quedarás sin nada, completamente sola y él se quedará con ella, atrapado para siempre. El dilema la estaba desgarrando por dentro. Estaba a punto de presionar el botón, de arriesgarlo todo en un acto desesperado cuando la pantalla del teléfono se iluminó con una notificación. Era un mensaje de Alejandro. Lo abrió. Era una fotografía. Alejandro y Valeria estaban en una joyería, ambos sonriendo a la cámara. En el dedo de Valeria brillaba un anillo de compromiso aún más grande y deslumbrante que el que ya tenía.
Debajo de la foto, un texto. Hola, mamá. Valeria y yo decidimos adelantar la compra de las argollas. ¿No es hermosa? Estamos escogiendo el símbolo de nuestra felicidad eterna. Gracias por apoyarnos siempre y por querer tanto. Vale. Te amamos. El mensaje fue un golpe de mazo directo al corazón. Cada palabra feliz, cada muestra de amor hacia Valeria era una pala de tierra sobre sus esperanzas. Vio la foto, la felicidad radiante e innegable en el rostro de su hijo.
Vio cómo miraba a Valeria. Vio el futuro que él había elegido, un futuro en el que ella, Isabel, era solo una espectadora. Contarle la verdad ahora no sería un acto de salvación, sería un acto de destrucción. Sería como lanzar una bomba en medio de su paraíso. Con un soyo, que se le rompió en la garganta, dejó caer el teléfono sobre la alfombra, se abrazó las rodillas y se dejó vencer por el dolor. No había elección. Su silencio era el precio de la felicidad de su hijo y como siempre lo había hecho, estaba dispuesta a pagarlo sin chistar.
Se quedaría, soportaría y se convertiría en la mejor actriz que el mundo hubiera conocido. Más tarde, unos suaves golpes en la puerta la sacaron de su letargo. Era Lucia con una pequeña bandeja en las manos. Señora, le traje un té de manzanilla y unas galletas de las que le gustan. Las compré esta mañana en la tiendita de la esquina. Isabel la miró con los ojos hinchados por el llanto. Sobre la bandeja, junto al té, había un paquetito de galletas de animalitos.
Lucró y dejó la bandeja en la mesita. Su voz era un susurro cómplice. A veces en esta casa las paredes oyen y ven muchas cosas, señora, pero también hay corazones leales. Si necesita algo, lo que sea, desahogarse, un vaso de agua que alguien le crea, no dude en buscarme. No está tan sola como la quieren hacer sentir. Lucia le dio una pequeña y respetuosa reverencia y se fue cerrando la puerta con cuidado. Isabel miró las galletas, un pequeño faro de bondad en medio de una oscuridad abrumadora y por primera vez en muchas horas sintió que quizás, solo quizás habría una manera de sobrevivir.
La tarde se convirtió en un campo de batalla silencioso. Isabel, siguiendo el consejo no verbal de Lucia, decidió bajar a la sala. No iba a dejarse intimidar ni a permanecer encerrada como una prisionera. se sentó en uno de los sillones individuales, un poco alejada del sofá principal con un libro en el regazo que no podía leer. Su mera presencia era un acto de desafío. Valeria, que estaba planeando su tarde de compras por teléfono, la notó y su tono de voz se volvió más cortante.
Colgó la llamada y se dirigió a Isabel. Vaya, vaya, veo que por fin salió de su cueva”, dijo examinándola de arriba a abajo. “¿Ya se le pasó el berrinche de la mañana o necesita que le tiremos otro de sus tesoros a la basura para que entienda las reglas?” Isabel levantó la vista del libro, su mirada firme. “Esta también es la casa de mi hijo, Valeria. Tengo derecho a estar aquí.” La calma de Isabel enfureció a Valeria más que cualquier grito.
Tiene derecho a lo que yo le permita tener. No lo olvide. Ahora, si me hace el favor de no apestar el ambiente con su aire de mártir, se lo agradecería. Estoy tratando de tener una tarde agradable. Justo en ese momento se escuchó el coche de Alejandro. La transformación de Valeria fue instantánea y asombrosa. Su rostro se suavizó. Su postura se relajó y una expresión de dulce melancolía apareció en sus facciones. Para cuando Alejandro entró por la puerta, Valeria parecía una santa sufriente.
“Mi amor, llegaste”, dijo corriendo a sus brazos. Pero en lugar de besarlo, apoyó la cabeza en su pecho y suspiró dramáticamente. Alejandro, preocupado, la apartó un poco para mirarla a la cara. ¿Qué pasa, mi vida? ¿Por qué esa cara? Valeria miró hacia donde estaba Isabel y luego bajó la vista como si le costara trabajo hablar. No es nada, de verdad, solo que no sé qué hacer con tu mami. Con mi mamá, ¿qué hizo? No, ella no hizo nada, mintió Valeria con la voz temblorosa al borde de las lágrimas de cocodrilo.
Es lo que no hace. Traté de hablar con ella, de animarla. Le ofrecí llevarla conmigo de compras. Le pedí a Lucia que le preparara su té favorito, pero me rechazó todo. Ni siquiera me mira. Siento que no le caigo bien, Alejandro. Siento que me odia y que mi presencia en esta casa la hace infeliz. Y yo yo no puedo soportar eso. Era una actuación digna de un Óscar. Presentaba a Isabel como la agresora pasiva y a ella misma como la víctima desconsolada que solo quería dar amor.
Alejandro, completamente engañado, se giró hacia su madre, su rostro una mezcla de confusión y frustración. Mamá, ¿pero por qué? ¿Por qué tratas así a Valeria? Ella solo quiere quererte, ser tu amiga. Se desvive por atenderte y tú la desprecias. No te entiendo. Isabel se quedó sin palabras. La trampa era perfecta. Cualquier cosa que dijera sonaría como una excusa o un ataque. Hijo, ¿no es eso, es que no suegra, por favor, no se fuerce a decir algo que no siente?
La interrumpió Valeria con la voz ahogada en soyosos fingidos. Está bien, lo entiendo. No soy la nuera que usted esperaba para su hijo, pero lo amo y por amor a él soportaré su desprecio en silencio. Aprenderé a vivir con ello. Había robado su narrativa. Había tomado el sufrimiento real de Isabel y se lo había puesto como un disfraz. Alejandro, con el corazón roto por el dolor de su prometida, la abrazó con fuerza. No, mi amor, tú no tienes que soportar nada.
Eres un ángel. Mamá, no sé qué te pasa, pero esto tiene que cambiar. Le estás haciendo daño a la mujer que amo. Isabel sintió como si le hubieran clavado un puñal en el pecho. Su propio hijo, su adoración, la estaba reprendiendo para defender a su verdugo. Yo no, intentó decir, pero la voz se lebró. Suficiente, dijo Alejandro. Vale, mi amor, no quiero que llores más. Te voy a demostrar cuánto valoro tu esfuerzo y tu enorme corazón. Metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó la caja de terciopelo azul que Isabel ya conocía.
Se arrodilló frente a Valeria. Una escena absurdamente teatral. Te compré esto hoy como una sorpresa, pero ahora siento que es más necesario que nunca, dijo abriendo la caja para revelar el deslumbrante collar de diamantes. Para la mujer más generosa, paciente y de corazón más noble del mundo, para que nunca dudes de que yo sí veo quién eres y cuánto vales. Valeria jadeó, las lágrimas secándose milagrosamente para dar paso a una expresión de éxtasis. Alejandro es perfecto. Él le puso el collar y ella se lanzó a sus brazos dándole un beso largo y voraz.
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