MADRE DEL MILLONARIO grita “¡No me pegues más!” — El HIJO entra y su furia hiela a su PROMETIDA…

Una tarde, mientras la sed la obligaba a aventurarse en la cocina, se encontró con Lucia. La empleada estaba terminando de limpiar, su rostro cansado, pero sus ojos siempre alertas. Al ver a Isabel, su expresión se suavizó. Buenas tardes, señora Isabel. ¿Se le ofrece algo? Solo un vaso de agua, Lucia. Gracias. Lucia no solo le sirvió el agua, sino que de un pequeño envoltorio de papel sacó un pan de dulce, un polvorón de nuez, todavía tibio. Guarde este.

Lo aparté para usted del pan que nos dan. Con tanto ajetreo, a lo mejor ni ha comido bien. El gesto, tan pequeño y tan significativo, conmovió a Isabel hasta las lágrimas. Gracias, Lucia. Eres muy buena. Hay que cuidarse, señora. Susurró la empleada, mirando nerviosamente hacia la puerta. Tenga mucho cuidado hoy. La señorita Valeria anda como un torbellino. Está muy alterada porque los candelabros que pidió no han llegado. Cuando se pone así, se desquita con quien se le ponga enfrente.

La advertencia de Lucia resultó ser profética. Un par de horas más tarde, Isabel estaba en el pasillo del segundo piso, dirigiéndose a su cuarto, cuando Valeria le interceptó. Usted, justo a quien buscaba, dijo su voz afilada, ya que no está haciendo absolutamente nada útil, venga a ayudarme. En el cuarto de Trevejos del ala oeste hay unas cajas con mantelería que necesito revisar. Venga conmigo. No era una petición, era una orden. El ala oeste de la mansión era la más antigua y la menos utilizada.

El pasillo que conducía al cuarto de Trevejos era largo, estrecho y estaba pobremente iluminado. Una de las bombillas del techo parpadeaba intermitentemente, creando un ambiente tétrico. “Camine más rápido, suegra, que no tengo todo el día”, apremió Valeria caminando delante de ella con pasos impacientes. Isabela siguió cargando una de las cajas más pequeñas que Valeria le había endilgado. El pasillo terminaba en una pequeña y empinada escalera de servicio que descendía a un nivel inferior. Era un rincón oscuro y peligroso de la casa.

Justo cuando se acercaban al primer escalón, Valeria se detuvo en seco. “¡Ay, mi zapato, creo que se me atoró el tacón”, exclamó. se agachó fingiendo revisar su tobillo y en un movimiento que pareció torpe y accidental, se tambaleó hacia atrás, chocando con todo el peso de su cuerpo contra Isabel. El impacto fue brutal y sorpresivo. Isabel, que no se lo esperaba, perdió el equilibrio. Al instante soltó la caja, que rodó por las escaleras con un estrépito y lanzó un grito ahogado mientras sus pies se enredaban y su cuerpo se precipitaba hacia el vacío de la escalera.

En un acto reflejo, extendió los brazos y sus dedos lograron aferrarse a la barandilla de hierro forjado en el último segundo. Se quedó colgando con el corazón desbocado y la mitad de su cuerpo sobre el abismo. El tirón le provocó un dolor agudo en el brazo y el hombro, y su piel se raspó con fuerza contra la pared de yeso áspero. “Señora Isabel!” La voz de Lucia resonó desde el otro extremo del pasillo. Alertada por el estruendo de la caja, había venido corriendo.

Llegó justo a tiempo para ver la escena. Isabel, suspendida precariamente, con el rostro pálido por el terror, y Valeria de pie junto a ella, mirándola no con alarma, sino con una expresión de fría decepción, como si estuviera molesta porque la caída no se había completado. Al ver a Lucia, la máscara de Valeria cambió en una fracción de segundo. “Suegra, por Dios santo, casi se me mata”, gritó con una angustia perfectamente actuada. Qué torpe soy. Me tropecé y casi la tiro.

Discúlpeme, por favor. Lucia corrió y junto con una Valeria que ahora fingía un pánico desmedido, ayudó a Isabel a recuperar el equilibrio y a ponerse de pie. Isabel temblaba de pies a cabeza, no solo por el susto, sino por la certeza de que aquello no había sido un accidente. Sus ojos se encontraron con los de Lucia. En la mirada de la empleada vio la misma certeza. Lucia había visto había visto la fracción de segundo de maldad en el rostro de Valeria antes de que comenzara el teatro.

Y Valeria, a su vez las observaba las dos y en su mirada había una advertencia helada, un mensaje claro para Lucia. Tú no viste nada. Lucia, ignorando la presencia amenazante de Valeria, pasó un brazo por los hombros de Isabel. Venga, señora, la llevo a su cuarto. Necesita sentarse y tomar un poco de agua con azúcar. ¡Qué susto tan terrible! Mientras se alejaban, Valeria la siguió con la mirada, una sonrisa casi imperceptible dibujándose en sus labios. El plan no había salido a la perfección, pero el mensaje había sido enviado.

Una vez en la seguridad del cuarto, Lucy ayudó a Isabel a sentarse en la cama. La anciana todavía temblaba. Está bien, señora. No se lastimó. El brazo. Me duele el brazo, susurró Isabel sobándose donde se había raspado contra la pared. Lucaminó el brazo y vio la piel enrojecida y raspada, una herida que al día siguiente se convertiría en un moretón oscuro y delator. “Esa mujer es el diablo”, dijo Lucia en voz baja, su rostro una mezcla de ira y miedo.

“Esto no puede seguir así, señora. Lo que hizo. Eso no fue un accidente. Yo lo vi. Lo sé, Lucia. Yo también lo sé. Pero, ¿qué podemos hacer? El miedo en los ojos de Lucia era profundo. Si yo hablo, me pone en la calle en menos de un minuto. Le inventará a don Alejandro que le robé algo, que le insulté, cualquier cosa. Y él le va a creer a ella. Yo tengo dos hijos en la escuela, señora. Mi mamá está enferma.

Este trabajo es todo lo que tengo. Lo entiendo, Lucia. No te preocupes. No diré que viste nada. No voy a meterte en problemas. La alianza entre ellas se solidificó en ese momento. Una alianza forjada en el miedo compartido y la impotencia. Isabel tenía una testigo, una aliada, pero era una aliada silenciada por la necesidad, tan prisionera como ella en esa jaula de oro. A la mañana siguiente, el sol entraba por la ventana del cuarto de Isabel, pero ella no sentía su calor.

Se miró el brazo en el espejo, una mancha amoratada, grande y oscura, se extendía desde el codo hasta la muñeca. Un mapa violáceo del odio de Valeria. era un recordatorio físico y doloroso de su vulnerabilidad. Se puso con cuidado una blusa de manga larga, esperando que la tela pudiera ocultar la evidencia de la agresión. El dolor era sordo y constante, pero el dolor del alma era mucho más profundo. Se sentía completamente sola, atrapada en una red de mentiras de la que no veía escapatoria.

Decidió bajar a la biblioteca, el único lugar de la casa donde Valeria rara vez entraba. por considerarlo aburrido. Estaba sentada en un sillón de cuero intentando concentrarse en las letras de un libro cuando Alejandro entró. No traía la prisa de siempre, ni el celular en la mano. Su rostro mostraba una calma que Isabel no le había visto en semanas. Hola, mamá. Interrumpo. No, mijo. Claro que no. Pasa, siéntate. Él se sentó en la mesita de centro frente a ella.

una cercanía que la tomó por sorpresa. “Quería pedirte perdón”, dijo en voz baja. “He estado tan metido en el trabajo y en los preparativos de la fiesta que casi no he pasado tiempo contigo. Me siento un mal hijo.” Las palabras de Alejandro fueron un bálsamo para el corazón herido de Isabel. No digas eso, Alejandro. Yo entiendo que estés ocupado. Estoy muy orgullosa de todo lo que has logrado, pero nada de eso importa si mi mamá no es feliz, respondió él con una sinceridad que la desarmó.

Cuéntame algo. Cuéntame de cuando vivíamos en la casa de la colonia Roma. ¿Te acuerdas del vecino que tenía el perro que ladraba toda la noche? Isabel sonró, un recuerdo genuino aflorando. Don Ramiro, claro que me acuerdo. Y tú le tenías un miedo terrible a ese perro. Comenzaron a hablar, a recordar viejos tiempos. Por un momento, la mansión, Valeria y el miedo desaparecieron. Volvieron a ser ellos dos, madre e hijo, conectados por un lazo de amor y de historia compartida.

Isabel sintió una oleada de esperanza. Él estaba ahí escuchándola, siendo su Alejandro de siempre. Quizás este era el momento. Quizás ahora, en esta burbuja de intimidad, él podría escucharla, podría creerle. Mientras hablaban, él se acercó para tomarle la mano en un gesto de cariño. Al hacerlo, la manga de la blusa de Isabel se deslizó hacia arriba, revelando el borde del horrible moretón. La sonrisa de Alejandro se desvaneció al instante, reemplazada por una expresión de alarma. “Mamá, por Dios, ¿qué es esto?”, exclamó apartando la manga con cuidado para ver la magnitud del golpe.

“¿Qué te pasó en el brazo? Está horrible. El momento había llegado. Era ahora o nunca.” El corazón de Isabel comenzó a latir con una fuerza brutal. Se le secó la boca. miró a los ojos preocupados de su hijo, reunió todo el valor que le quedaba en el cuerpo y abrió la boca para decir la verdad, para pronunciar el nombre de su verdugo. Hijo, yo tengo que decirte algo muy importante. Lo que pasó fue Valeria. Las palabras estaban a punto de salir, suspendidas en el aire, cargadas con el peso de semanas de sufrimiento.

Pero en ese preciso instante, la puerta de la biblioteca se abrió de golpe con una fuerza que hizo que ambos se sobresaltaran. Era Valeria, con el rostro encendido de una euforia desbordante, agitando un sobre en la mano. Mi amor, mi amor, no lo vas a creer. Tienes que ver esto. Gritó corriendo hacia ellos, ignorando por completo la tensión en el ambiente. Alejandro, desconcertado, se giró hacia ella. ¿Qué pasa? Vale, ¿qué es tanto escándalo? El club campestre, mi vida, el que estaba en lista de espera por 2 años.

 

 

 

 

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