Esa noche, mientras preparaba la cena, Mariana tomó una decisión interior. No sabía cuándo ni cómo, pero si volvía a presenciar un abuso tan claro, no guardaría más silencio. En su habitación escribió en un cuaderno que siempre llevaba consigo. Si callo, soy cómplice. Si hablo, arriesgo todo. Pero una vida vale más que un trabajo. No sabía aún que ese momento llegaría antes de lo que imaginaba y que sus palabras serían la chispa que cambiaría para siempre el destino de la familia Ramírez.
El clima en la casa colonial de los Ramírez parecía cada vez más enrarecido. Doña Teresa caminaba con cautela por los pasillos, como si temiera tropezar con la mirada de su nuera. Verónica, por su parte, ya no disimulaba su impaciencia. Cada gesto de la anciana parecía irritarla. Cada palabra era motivo de crítica. Una tarde, mientras Alejandro revisaba unos documentos en el despacho, escuchó un golpe seco en la cocina, dejó los papeles a un lado y salió apresurado. Al llegar, encontró a su madre con una taza rota a sus pies, el rostro pálido y los ojos llenos de lágrimas.
“Mamá, ¿qué pasó?”, preguntó preocupado. Doña Teresa se inclinó lentamente para recoger los pedazos, intentando ocultar el temblor de sus manos. Nada, hijo, se me resbaló. No te preocupes. Alejandro la ayudó a levantarse y notó un moretón en su brazo. Lo tomó con suavidad y la anciana, incómoda, intentó esconderlo con la manga de su suéter. Y esto, ¿te caíste? Me golpeé con la puerta del closet, dijo. Soy torpe a veces. La explicación no lo convenció, pero decidió no insistir.
Se limitó a besarle la frente y regresar al despacho, aunque con una inquietud que no lograba apartar de su mente. Mariana, que había presenciado la escena desde la entrada, sintió un nudo en la garganta. Sabía la verdad, pero todavía no encontraba el valor de enfrentarse a su patrón con pruebas tan frágiles. Al día siguiente, mientras Alejandro salía rumbo a una reunión, Sofía corrió hacia él. Papá, ¿puede la abuelita quedarse conmigo esta noche? Quiero que me cuente historias como antes.
Alejandro sonrió, acarició el rostro de su hija y aceptó. Claro, mi amor. La abuelita siempre tendrá un lugar en tu cama cuando lo quieras. Verónica, que escuchaba desde la escalera, apretó los dientes con furia contenida. Esa noche, al ver a Sofía dormida abrazada a la anciana, su rabia se intensificó. Sentía que la presencia de doña Teresa la desplazaba poco a poco del cariño de su familia. La tensión estalló unos días después. En el patio, mientras la anciana regaba las bugambilias, Verónica se acercó con voz baja, pero cargada de veneno.
Ya basta. Usted no va a seguir robándome lo que es mío. Alejandro y Sofía me pertenecen. ¿Lo entiende? Doña Teresa intentó retroceder, pero la mano de su nuera la empujó contra el tanque de cemento. El agua salpicó y la anciana soltó un grito ahogado. Mariana, que estaba colgando ropa en el tendedero, corrió hacia la escena. Señora Verónica, suélteme a doña Teresa”, gritó con voz temblorosa pero firme. Verónica soltó a la anciana con brusquedad y la miró con desprecio.
“Métete en tus asuntos, Mariana. Recuerda que trabajas aquí porque yo lo permito.” Doña Teresa respiraba agitada, con lágrimas resbalando por sus mejillas. Mariana la sostuvo de los hombros temblando de indignación. Esa noche, mientras Alejandro dormía profundamente después de un día agotador, Mariana se quedó despierta en su cuarto mirando el techo. Sabía que tarde o temprano tendría que hablar. No podía seguir permitiendo que aquella mujer maltratara a la madre de su patrón. y en su corazón comprendió que la próxima vez que algo así ocurriera, no guardaría más silencio.
El día del quiebre llegó sin aviso en una tarde calurosa que parecía tan normal como cualquier otra. Alejandro había salido temprano a visitar una de sus propiedades y Verónica quedó sola en casa con su suegra y con Mariana. Doña Teresa, como de costumbre, estaba en el patio lavando algunas prendas en el tanque de cemento. Su espalda encorbada y sus manos cansadas revelaban los años de esfuerzo acumulado. Mariana la observaba desde la cocina, lista para ayudarla si se fatigaba.
De repente, Verónica apareció con un paso firme y los ojos cargados de ira. Se acercó a la anciana y con una voz baja y cortante soltó, “Todavía no entiende. Usted no cabe en esta casa. Se acabó.” Antes de que Mariana pudiera reaccionar, Verónica empujó con fuerza a doña Teresa contra el tanque, hundiéndole la cabeza en el agua. El cuerpo frágil de la anciana se agitó con desesperación. Sus brazos buscaban escapar y un gemido ahogado rompió el aire.
“Por favor, no puedo respirar. alcanzó a suplicar entrecortada por el agua. Mariana soltó el trapo que tenía en la mano y corrió hacia ellas. Basta, la va a matar, gritó jalando a Verónica del brazo. La escena se interrumpió de golpe cuando el portón lateral se cerró de un portazo. Alejandro había llegado antes de lo previsto. Con la corbata aún colgando del cuello y la carpeta en la mano, escuchó los gritos y corrió al patio. Lo que vio lo dejó helado.
Su madre con la cabeza sumergida y su esposa con las manos sobre ella. Verónica, ¿qué diablos estás haciendo?”, exclamó dejando caer la carpeta al suelo. Verónica soltó a la anciana de inmediato, fingiendo sorpresa. Doña Teresa emergió del agua tosio, agarrada al borde del tanque, con lágrimas y gotas resbalando por su rostro. “No es lo que parece, Alejandro. Solo le estaba lavando el cabello. Se asustó nada más.” balbució Verónica tratando de sonar convincente. Alejandro la miraba con incredulidad, el corazón golpeándole el pecho, lavándole el cabello, con ella suplicando por aire, “No me tomes por idiota.” En ese momento, Mariana dio un paso al frente.
Su voz temblaba, pero estaba llena de determinación. “Don Alejandro, lo que acaba de ver no es la primera vez. Su madre lleva mucho tiempo sufriendo. Yo ya no podía callar más. El silencio cayó como un martillo. Doña Teresa, con el pecho agitado, levantó la vista hacia su hijo y negó con la cabeza, sin fuerzas para hablar. Verónica, enfurecida, señaló a la empleada. Está mintiendo. Lo hace porque me odia. ¿A quién vas a creer, Alejandro? ¿A tu esposa o a esta muchacha?
Alejandro se quedó quieto mirando a su madre. y luego a Mariana. La verdad estaba delante de él, tan dolorosa como inevitable. Los moretones en los brazos de doña Teresa, su mirada de miedo y las palabras firmes de Mariana eran pruebas suficientes. No necesito más explicaciones, dijo Alejandro con voz grave. El aire se volvió denso. Verónica comprendió que ya no tenía escapatoria y por primera vez su seguridad se quebró en una mueca de furia y desesperación. El patio de la casa colonial se había convertido en un escenario de silencio tenso.
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