MADRE DEL MILLONARIO suplica “NO PUEDO RESPIRAR” — HIJO llega de repente y REACCIONA AL INSTANTE

no quería que su hijo cargara con más problemas. Esa tarde, mientras Alejandro se alistaba para una cena de negocios, Mariana tomó una decisión. Ya no podía seguir siendo testigo silenciosa. Algo dentro de ella le decía que si no hablaba pronto, la vida de doña Teresa corría peligro. El ambiente en la mansión se volvió más tenso con el paso de los días. Doña Teresa cada vez hablaba menos. Se limitaba a sonreír suavemente a su nieta, a murmurar una oración en silencio y a cumplir con las tareas pequeñas que su nuera le dejaba.

Su cuerpo, frágil pero digno, parecía apagarse poco a poco. Verónica, segura de que nadie se atrevería a contradecirla, había perdido el disimulo. Sus comentarios eran cada vez más crueles. Usted no entiende nada de esta casa. Aquí no está en el rancho, doña Teresa. Aprenda a comportarse. La anciana solo bajaba la cabeza. Dentro de sí. Sentía que cada palabra la iba despojando de un pedazo de dignidad. Mariana, desde su posición, se debatía en silencio. Por un lado, sabía que debía proteger su empleo.

Por otro, veía como la señora se marchitaba y no podía soportar más la injusticia. Una tarde, mientras Alejandro estaba en una junta en el hotel principal, Verónica entró en el cuarto de la suegra con una mirada dura. Uh, todavía no entiende que estorba aquí. Todo gira alrededor de usted. Alejandro se preocupa. Sofía la adora y yo me quedo siempre al margen. ¿No se da cuenta de que sobra? Doña Teresa tragó saliva. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero permaneció en silencio.

Había aprendido que responder solo empeoraba las cosas. En ese instante, Sofía apareció en la puerta con un muñeco de trapo en la mano. “Mamá, ¿por qué le hablas así a la abuelita?”, preguntó con inocencia. El rostro de Verónica cambió en un segundo, forzó una sonrisa y acarició el cabello de su hija. No, mi amor, no es nada. Solo le decía a tu abuela que debe descansar. La niña, confundida, abrazó a la anciana y salió corriendo. Doña Teresa la apretó fuerte contra su pecho, como si quisiera protegerla de todo aquel dolor.

Cuando cayó la noche, Alejandro regresó agotado. Durante la cena, intentó iniciar una conversación ligera, pero el ambiente estaba enrarecido. Su madre comía en silencio, evitando cruzar miradas, y Verónica mantenía un aire de falsa serenidad. Mamá, ¿cómo te fue hoy? Preguntó Alejandro con amabilidad. Bien, hijo, todo tranquilo respondió ella, aunque su voz apenas se escuchaba. Mariana, que servía la mesa, apretó los labios con fuerza. Aquella mentira piadosa le dolía más que cualquier otra cosa. Esa misma noche, mientras recogía la cocina, escuchó a Verónica hablar por teléfono en la sala.

Su tono era ácido, lleno de resentimiento. No aguanto más a esta vieja. Me roba la atención de Alejandro y lo peor es que Sofía solo quiere estar con ella. Estoy harta. Mariana sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Aquellas palabras eran una confesión clara de odio y confirmaban lo que ella temía. La situación estaba llegando a un límite peligroso. En su cuarto, doña Teresa rezaba de rodillas frente a la Virgen. Con lágrimas en los ojos repetía, “Señor, protégeme.

Dame valor para no rendirme.” Mientras tanto, Alejandro dormía sin imaginar que bajo su propio techo se gestaba una tormenta que muy pronto estallaría con fuerza. La mañana siguiente amaneció con un aire pesado. Doña Teresa se levantó temprano como siempre y salió al patio con su regadera de metal para cuidar las plantas. Sus manos temblaban, pero sus movimientos eran pacientes, casi ceremoniales. Era lo único que le daba un poco de paz. Mariana la observaba desde la ventana de la cocina.

Veía en esa mujer una fortaleza silenciosa que le partía el alma. Nadie más en aquella casa parecía darse cuenta de cuánto sufría. “Doña Teresa, ¿quiere un cafecito caliente?”, le ofreció la joven con dulzura. La anciana sonrió débilmente y asintió. Era uno de los pocos gestos de cariño que recibía en ese lugar. En ese momento, Verónica apareció en la puerta del patio con los brazos cruzados. “Café otra vez. ” No necesita. El doctor dijo que tanta cafeína le hace mal.

Mariana, ¿por qué siempre conscientes a mi suegra? La empleada guardó silencio, bajó la cabeza y se retiró, pero por dentro hervía. Sofía, que había escuchado parte de la conversación, corrió hacia su abuela y la abrazó fuerte. No le hagas caso, abuelita. Yo te quiero mucho. Doña Teresa acarició el cabello de la niña y cerró los ojos, agradeciendo aquel pedacito de amor en medio de tanto desprecio. Más tarde, cuando Alejandro ya había salido rumbo a sus oficinas, Verónica volvió a mostrarse sin máscaras.

En la sala, frente a la empleada y sin temor a ser descubierta, se inclinó sobre su suegra y le susurró al oído, “Un día de estos, de verdad vas a entender que aquí no tienes lugar.” El rostro de doña Teresa palideció. Mariana, que estaba barriendo a pocos metros, escuchó claramente. Sintió como la escoba se le resbalaba de las manos. Ya no se trataba solo de palabras hirientes. Aquella amenaza sonaba demasiado real. Esa tarde, mientras Sofía hacía la tarea en su cuarto, Mariana buscó a doña Teresa en la cocina.

La encontró sentada con las manos sobre el regazo, mirando fijamente un punto en la pared. Doña Teresa, ¿por qué no le dice a don Alejandro lo que está pasando? se atrevió a preguntar en voz baja. La anciana la miró con ternura, pero también con tristeza. Hija, mi Alejandro tiene tantas responsabilidades, no quiero preocuparlo. Y además, ¿qué pensaría de su esposa? No quiero destruirle la vida. Mariana apretó los labios. La lealtad de aquella mujer hacia su hijo era tan grande que prefería soportar el dolor antes que verlo sufrir.

 

 

 

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