Me casé con el chico con el que crecí en el orfanato, y un golpe a la mañana siguiente cambió todo nuestro futuro.

Se sentaba cerca de la ventana casi todas las tardes, con su silla de ruedas en un ángulo justo para poder ver el exterior. Tenía una mirada penetrante y una forma de ver el mundo que dejaba claro que veía más de lo que la gente pensaba. Los adultos hablaban a su alrededor, no a él. Otros niños no eran crueles, solo inseguros. Lo saludaban con la mano y luego salían corriendo a jugar a lo que él no podía.

Una tarde, me senté a su lado con mi libro y le dije, medio en broma:
"Si estás vigilando la ventana, al menos deberías compartir la vista".

Me miró un buen rato y dijo:
"Eres nuevo".

"He vuelto", corregí. "Soy Claire".

"Noah".

Eso fue todo.

Desde ese momento, fuimos inseparables.

Creciendo sin ser elegidos
Crecer juntos significó ver todas las versiones del otro.

Las versiones enfadadas.
Las versiones calladas.
Las versiones esperanzadas.
Las que fingían que no les importaba.

 

 

 

 

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