Me casé con una mujer de sesenta años contra todos los consejos, y la verdad que descubrí cambió mi vida para siempre.

Cuando la gente escucha mi historia, suele asumir que se trata de escándalo, dinero o rebelión. En realidad, se trata de confianza, responsabilidad y un tipo de amor que no encaja del todo con las expectativas. Yo era joven, inseguro y aún buscaba mi lugar en el mundo. Ella era mayor, realizada y cargaba silenciosamente con el peso de toda una vida. Lo que nos unió sorprendió a todos, incluso a nosotros mismos.

Me llamo Alejandro Mendoza. Tenía 20 años, era un estudiante universitario en la Ciudad de México, concentrado en los exámenes, el trabajo de medio tiempo y el ritmo cotidiano de la adultez temprana. No tenía planes de alterar mi vida ni desafiar a mi familia. Entonces, una noche, en una reunión benéfica en la colonia Polanco, conocí a Verónica Salgado.

Tenía poco más de sesenta años, recién jubilada tras una larga carrera en el sector restaurantero. Mientras la sala bullía de conversación y ambición, Verónica se mantenía apartada. Su cabello se había vuelto canoso, pero su postura era firme. Su mirada era atenta y reflexiva, como si hubiera visto mucho y aprendido de ello. Había una autoridad serena en ella que atraía a la gente sin esfuerzo. Hablamos brevemente al principio, luego más tiempo. Me hizo preguntas que me sorprendieron. No sobre mis notas ni mis planes, sino sobre cómo veía el mundo. Sentí, por primera vez en mucho tiempo, que realmente me escuchaba.

 

 

ver continúa en la página siguiente