Ahora, cuando has vivido tanto como yo, setenta y tres años en esta tierra, aprendes que el silencio puede significar muchas cosas. A veces es paz. A veces es soledad. Pero esa mañana, el silencio se sentía diferente. Se sentía mal.
Siempre he sido madrugadora. Incluso ahora, mi cuerpo me despierta a las 5:30 sin alarma, como lo ha hecho durante décadas. En Acción de Gracias, suelo levantarme aún más temprano, emocionada con esa tranquilidad con la que las personas mayores se emocionan con las tradiciones. Pensaba en el pavo que tendría que preparar, en las papas que pelaría mientras veía el desfile de Macy's por televisión, en cómo se iluminarían las caras de mis nietos al oler el pastel de calabaza horneándose.
Pero esa mañana, mientras yacía en la cama mirando al techo en nuestra tranquila calle sin salida en las afueras de Columbus, Ohio, algo no encajaba. La casa estaba demasiado silenciosa.
Me incorporé lentamente, con las rodillas protestando como siempre últimamente, y busqué mi bata. La tela era suave, desgastada por años de uso, y olía ligeramente a las bolsitas de lavanda que guardo en los cajones. Me dirigí a la puerta de mi habitación y me detuve a escuchar.
Nada.
Ningún sonido de pies corriendo por el pasillo. Ningún dibujo animado en la televisión del salón. Ningún olor a café recién hecho, lo cual era extraño, porque mi hijo Michael siempre preparaba la primera cafetera. Sabía que me gustaba el café fuerte y caliente, listo al bajar.
Abrí la puerta y salí al pasillo. La luz de la mañana entraba a raudales por las ventanas del fondo, suave y dorada, el tipo de luz que suele calentar un hogar. Pero mientras estaba allí, el calor no me alcanzaba. La casa se sentía vacía, como un cascarón.
"¿Michael?", grité, con la voz apagada en el vacío.
"¿Amanda?"
Ninguna respuesta.
Caminé por el pasillo y eché un vistazo a la habitación de invitados donde solían dormir mis nietos cuando se quedaban a dormir. Las camas estaban hechas, no dormidas. Los peluches que siempre traían habían desaparecido.
Mi corazón empezó a latir un poco más rápido. No por pánico todavía, solo por confusión.
Quizás salieron temprano, me dije. Quizás Michael quería llegar a la tienda antes de que llegara la multitud. O quizás Amanda llevó a los niños a ver los preparativos del desfile en el centro. Sí, tenía que ser eso.
Bajé las escaleras, agarrándome a la barandilla como siempre. Las escaleras de esta casa son empinadas, y últimamente tengo cuidado. Mientras bajaba, esperaba oír algo, cualquier cosa. Una puerta abriéndose, una voz que gritaba que acababan de salir un momento. Pero la casa permanecía en silencio.
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