“Me desplomé en el suelo de mármol, rompí aguas después de que mi hermana me empujara, y mientras mi familia gritaba que había “arruinado su honor”,
En medio de la decoración, señaló un enorme jarrón de mármol colocado sobre una mesa lateral.
—Muévelo un poco a la derecha, —ordenó—. Está torcido. Qué inútil eres para las cosas simples.
—Jessica, no puedo levantar eso. Estoy a punto de dar a luz —respondió Vanessa con calma, aunque su voz temblaba.
—Siempre excusas. —Jessica puso los ojos en blanco y se acercó por detrás—. Por lo menos haz algo hoy.
Cuando Vanessa intentó alejarse, sintió un empujón seco en la espalda. Apenas tuvo tiempo de girar la cabeza cuando su cuerpo se desplomó contra el suelo de mármol. Un crujido agudo recorrió su cadera y un dolor punzante la dejó sin aire. Segundos después, un charco transparente se extendió debajo de ella.
Su bolsa se había roto.
—¡Esto es increíble! —gritó Jessica—. ¡Has arruinado mi boda!
Los invitados retrocedieron, horrorizados pero inmóviles. Y Charles Carter, el padre de ambas, irrumpió en el círculo formado alrededor de Vanessa. Su rostro estaba rojo de furia.
—Siempre has sido una vergüenza —escupió. Tomó un trípode metálico de un fotógrafo cercano—. Hoy colmaste mi paciencia.
Vanessa intentó moverse, desesperada por proteger a su bebé. Pero el dolor era insoportable. El trípode se alzó sobre su cabeza.
Y justo cuando ella cerró los ojos para recibir el golpe, una voz masculina, fuerte, helada, resonó por todo el salón:
—¡Si te atreves a tocarla, Charles, será lo último que hagas!
¿Qué revelación estaba a punto de caer sobre esa boda que haría temblar incluso a la familia Carter?
El silencio se hizo tan absoluto que incluso la música dejó de sonar. Charles Carter, con el trípode aún alzado, giró lentamente hacia la entrada principal del salón. Allí, de pie con un porte imponente, estaba Alejandro Ruiz de Albornoz, esposo de Vanessa y uno de los empresarios más influyentes del sur de España.
Pero lo que realmente paralizó a todos no fue su aparición… sino las personas que lo acompañaban.
Detrás de él entraron dos agentes de la Guardia Civil, un abogado con un maletín negro y un hombre mayor elegantemente vestido: el notario Francisco del Valle. La tensión se volvió insoportable.
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