Nunca pensé que el pasado pudiera volver justo el día que más orgullosa me sentía.
Hace veinticinco años yo trabajaba sirviendo café en un hospital privado. Turnos largos, clientes exigentes y un salario que apenas alcanzaba para pagar el alquiler. Allí conocí a un hombre elegante, siempre apurado, con sonrisa segura y palabras suaves. Me hizo sentir especial en medio de mi rutina gris.
Tres meses después descubrí que estaba embarazada.
Cuando se lo conté, dejó de responder llamadas. Cambió de número. Desapareció. Como si nunca hubiera existido.
Mi familia no fue amable.
—Te lo buscaste —me dijo mi tía—. Ahora arréglatelas sola.
Y eso hice.
Sola.
Trabajé en lo que aparecía: recepcionista de día, limpieza de oficinas por la noche. Dormía poco, pero cuando sentía a mi hijo moverse en el vientre recordaba que tenía que seguir.
Lo llamé Daniel.
Creció viendo a su mamá salir cuando todavía estaba oscuro y regresar cuando ya todos dormían. Nunca tuvimos lujos, pero jamás faltó comida ni cariño.
Un día, cuando tenía ocho años, me preguntó:
—Mamá, ¿por qué trabajas tanto?
Le respondí lo único que sabía:
—Porque quiero que tengas oportunidades que yo no tuve.
Con el tiempo empezó a decir que quería ser médico. No sé si fue por las veces que me acompañaba al hospital donde trabajaba o porque siempre quiso ayudar a los demás. Pero cuando lo escuché decirlo, supe que ese sería nuestro objetivo.
El camino fue duro. Escuchamos burlas, comentarios crueles y consejos que nadie pidió.
“Un niño sin padre no llega lejos”, decían algunos vecinos.
Pero Daniel estudiaba hasta tarde, con una lámpara vieja que a veces parpadeaba, y yo sabía que estaban equivocados.
Para pagar su primer semestre en la universidad vendí lo poco valioso que tenía guardado, incluso una joya heredada de mi abuela.
Daniel lloró cuando se enteró.
—No tienes que hacer esto por mí.
—Claro que sí —le dije—. Es mi orgullo verte avanzar.
Y entonces llegó el día que parecía imposible: su graduación como médico.
Me puse mi mejor vestido, aunque ya tenía años conmigo. No importaba. Me senté en el auditorio con el corazón latiendo de felicidad.
El rector comenzó a presentar a los médicos que evaluarían a los graduados.
Uno por uno subieron al escenario.
Hasta que escuché un nombre que congeló mi sonrisa.
El doctor Alejandro Morales, jefe de neurología.
Sentí un golpe en el pecho.
Lo reconocí al instante, aunque el tiempo le había pintado canas. Era el mismo hombre que me había dejado sola con un embarazo y miles de dudas.
Nuestros ojos se cruzaron. Él tardó unos segundos en reconocerme, pero cuando lo hizo, su expresión cambió.
Luego comenzó la entrega de diplomas.
Cuando llamaron a Daniel, mi hijo subió orgulloso al escenario. Y al estrechar la mano del doctor Morales, fue imposible no notar el parecido.
Los mismos ojos. El mismo gesto serio.
El médico quedó inmóvil un segundo. Lo suficiente para entenderlo todo.
Después de la ceremonia, mientras todos celebraban, alguien se acercó por detrás.
—¿Lucía?
Su voz no había cambiado.
—Doctor —respondí, sin emoción.
Miró hacia donde estaba Daniel hablando con sus compañeros.
—Ese joven… ¿es tu hijo?
—Sí.
ver continúa en la página siguiente
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
