Me despreciaron por criar sola a mi hijo, pero el día que se graduó como médico, la verdad sobre su padre me dejó en shock.

Tragó saliva antes de preguntar:
—¿Y yo soy…?
Lo miré directo.
—Padre biológico, sí. Padre de verdad, no.
Intentó decir algo, pero no le di oportunidad.
—Tú no estuviste cuando tuvo fiebre por primera vez. Ni cuando lloró porque lo molestaban en la escuela. No viste sus desvelos estudiando ni sus dudas. Todo eso lo vivimos él y yo. Tú solo aportaste ADN.
Sus ojos se humedecieron.
En ese momento Daniel llegó corriendo, emocionado.
—¡Mamá! El doctor dice que mi tesis fue excelente y que podría postular a una beca en su departamento.
Miré al hombre frente a mí.
—Espero que esa oportunidad sea por mérito, no por coincidencias.
—Lo es —respondió él—. Su hijo es brillante.
Daniel notó la tensión, pero no entendía por qué.
Esa noche, mientras regresábamos a casa, Daniel rompió el silencio.
—Mamá… ¿tú ya conocías al doctor de antes?
Sentí que el pasado volvía a golpearme el pecho.
—Sí —respondí en voz baja.
Caminó unos pasos más, pensativo.
—Entonces… ¿él tiene algo que ver con mi papá?
Mis labios se quedaron secos. Sabía que ese momento llegaría, pero no pensé que sería tan pronto.
Lo miré intentando encontrar las palabras correctas.
Pero antes de poder responder, mi teléfono vibró.
Un mensaje de un número desconocido.
Lo abrí… y sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Era del doctor Morales.
“Necesitamos hablar. Daniel merece saber la verdad… pero hay algo que tú tampoco sabes.”
Guardé el teléfono rápidamente para que Daniel no notara mi expresión.
Seguimos caminando en silencio, pero mi mente ya no estaba allí.
Solo una pregunta daba vueltas en mi cabeza…
¿Qué podía saber él que yo no… y por qué había esperado veinticinco años para decirlo?

Y, por primera vez en mucho tiempo, sentí miedo de descubrir la respuesta.

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