Me llamaron ‘la viuda loca’ por levantar un muro… hasta que el cielo se volvió negro y el miedo se apoderó de todos
Roberto leyó en silencio.
—“Ciclos de sesenta años… anomalías de presión…” —murmuró—. Mamá, ¿hay más cartas?
—Sí. Hay una para cada situación. Incluso una por si intentaban echarme del rancho.
Roberto levantó la vista.
—¿Echarte?
—O convencerme de vender.
Esa noche vio un coche parado en el camino vecinal, luces apagadas, dos hombres mirando hacia el rancho. Cuando encendimos la luz del porche, arrancaron a toda velocidad.
—Tenías razón —dijo Roberto—. Aquí pasa algo raro. Y no es solo el clima.
A partir de entonces trabajamos juntos. Roberto era fuerte y metódico. El muro creció rápido: piedra, cemento, drenajes perfectos. Mientras tanto, investigó a “Inversiones Sierra S.A. de C.V.”, la empresa que Beatriz mencionaba tanto.
Una tarde Beatriz volvió, esta vez con un hombre de maletín.
—Margarita, este es el Doctor Álvarez. Psiquiatra. Ha venido a charlar contigo.
Roberto salió del cobertizo, manos sucias de mortero.
—Hola, tía Beatriz. ¿Qué hace un psiquiatra en casa de mi madre sin invitación?
Beatriz palideció.
—Roberto… no sabía que estabas aquí. Pensé que…
—Mi madre está perfectamente —dijo Roberto con voz fría—. De hecho, estamos trabajando juntos. Y tengo una pregunta para ti. ¿Quién es “Inversiones Sierra S.A. de C.V.”?
Beatriz retrocedió.
—No sé de qué me hablas.
—Sí lo sabes. Es la empresa que quiere comprar el rancho por una miseria. Y tú figuras como intermediaria.
—¡Eso es mentira! —gritó ella—. ¡Lo hago por su bien! ¡Está loca! ¡Va a gastarse los ahorros en ese muro absurdo!
—Fuera de mi casa —ordené yo, avanzando—. Fuera tú y tu médico.
El psiquiatra intentó mediar. Roberto lo cortó.
—Lárguense.
Cuando se fueron, Roberto me miró.
—Mamá, he estado revisando datos históricos. El invierno de 1965 fue brutal. Casas derrumbadas, ganado muerto. Y ocurrió exactamente sesenta años después de la gran nevada de 1905.
—El ciclo —susurré.
—Sí. Papá tenía razón. Hay un patrón. Y si los cálculos son correctos… nos quedan dos semanas.
Trabajamos como posesos. Las grandes puertas de acero llegaron de la herrería de Cuauhtémoc. El muro se cerró casi por completo.
Daniel, el joven meteorólogo que ocupó el puesto de Guillermo, vino corriendo una mañana.
—Doña Marga… los barómetros se han vuelto locos. La presión ha caído en picado. Viene una masa polar monstruosa. En 48 horas…
Avisé al pueblo. Nadie me creyó. Solo Don Ramón y su familia llegaron cuando el viento ya arrancaba tejados. Luego el panadero, Doña Dorotea… quince personas se refugiaron detrás de mi muro.
La tormenta del siglo duró tres días. Viento que aullaba como bestia, nieve de tres metros. Dentro, el rancho resistió; el muro desviaba la fuerza, creando calma relativa. Afuera, el valle quedó devastado.
Cuando abrió el cielo azul, Beatriz firmó su derrota. Inversiones Sierra sabía del ciclo y quería comprar barato para un complejo turístico de lujo. Ella se llevaba comisión de cientos de miles de pesos. Roberto y el abogado Ricardo la obligaron a confesar ante notario. No vendí.
La universidad de Chihuahua vino. Guillermo no era loco; era visionario. Instalaron una estación en mi rancho. Me nombraron directora honoraria. Los estudiantes aprendían de sus cuadernos y de mis manos curtidas.
Cuatro años después conocí a Carlos Henderson, catedrático estadounidense viudo. Nos enamoramos con lentitud madura. Nos casamos frente al muro, con una foto de Guillermo en mi ramo. Vivimos ocho años felices hasta que él se fue en paz, dormido en su sillón.
Cinco años más tarde llegó la sequía de cien años. Campos agrietados, pozos secos. Lucía, mi nieta geóloga, encontró en los cuadernos de Guillermo una nota: acuífero fósil profundo bajo el rancho.
ver continúa en la página siguiente
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
