Me traicionó de la peor manera: casándose con mi propia madre. Todos me decían que lo superara. No lo hice. Me presenté en su boda, y cuando ella dijo "Sí, quiero", mi plan ya estaba cumplido.

 

Me llamo Laura Martínez, tengo treinta y cuatro años, y la traición que cambió mi vida no llegó como una explosión repentina.
Se deslizó silenciosamente, como una fractura que se extiende bajo la superficie de algo que crees sólido, hasta que un día, se derrumba bajo tus pies.

Cuando Javier, mi esposo desde hace once años, me dijo que quería el divorcio, habló como si hubiera ensayado el momento muchas veces. Su voz era tranquila, distante, casi amable. Dijo que se sentía "vacío", que necesitaba "encontrarse a sí mismo", que nuestra vida ya no lo llenaba. Evitó mi mirada mientras lloraba. Le pregunté qué había hecho mal. Le pregunté si había alguien más. Negó con la cabeza y dijo que no, que fue la primera mentira que capté, y la menos dolorosa.

La verdad llegó dos semanas después, accidentalmente, a través de un mensaje que nunca fue para mí.

Venía de mi madre.

Se llama Carmen, la mujer que me crio sola tras la muerte de mi padre, la persona en la que más confiaba en el mundo. El mensaje decía:

“Cariño, hoy le conté a Laura sobre el divorcio. Pronto podremos estar juntos sin mentiras”.

Durante un largo rato, me quedé sin aliento. Lo leí una y otra vez, convencida de que mi mente malinterpretaba las palabras. Pero no había ningún malentendido. Mi madre y mi marido estaban juntos. No brevemente. No hacía poco. El tiempo suficiente para hablar de "por fin" ser sinceros.

Cuando los confronté, no lo negaron.

 

 

 

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