Me vendieron a un anciano por unas cuantas monedas, creyendo que así se libraban de un estorbo. Pero el sobre que puso sobre la mesa destrozó la mentira que cargué durante 17 años.

Me vendieron. Así, sin rodeos, sin vergüenza, sin una sola palabra de amor. Me vendieron como se vende una vaca flaca en el tianguis del pueblo, por unas cuantas monedas arrugadas que mi “padre” contó con manos temblorosas y ojos llenos de codicia.

Me llamo María López, y cuando eso ocurrió tenía diecisiete años. Diecisiete años viviendo en una casa donde la palabra familia dolía más que un golpe, donde el silencio era la única forma de sobrevivir y donde aprender a no estorbar era una ley no escrita.

A veces la gente cree que el infierno es fuego, demonios y gritos eternos. Yo aprendí que el infierno puede ser una casa de paredes grises, techo de lámina y miradas que te hacen sentir culpable por respirar.

En ese infierno viví desde que tengo memoria, en un pueblito polvoriento del estado de Hidalgo, lejos de todo, donde nadie pregunta demasiado y todos prefieren voltear la cara.

Mi “padre”, Ernesto López, regresaba borracho casi todas las noches. El sonido de su camioneta vieja entrando por el camino de terracería hacía que mi estómago se encogiera. Mi “madre”, Clara, tenía una lengua más afilada que cualquier cuchillo. Sus palabras eran golpes invisibles que dejaban marcas más profundas que los moretones que yo escondía bajo mangas largas, incluso en pleno verano.

Aprendí a caminar despacio, a no hacer ruido con los platos, a desaparecer cuando podía. Aprendí que si me hacía pequeña, tal vez no notarían que existía. Pero siempre me veían. Siempre para humillarme.

—No sirves para nada, María —decía Clara—. Trágate el aire, que eso sí sabes hacer.

En el pueblo todos sabían. Nadie hacía nada. Porque “no era su problema”.

Mi refugio eran los libros viejos que encontraba en la basura o que me prestaba la bibliotecaria, la única que a veces me miraba con algo parecido a compasión. Yo soñaba con otro mundo, con otro nombre, con una vida donde el amor no doliera.

Nunca imaginé que mi destino cambiaría el día que me vendieron.

Fue un martes sofocante, de esos en los que el aire no se mueve. Yo estaba de rodillas trapeando la cocina por tercera vez porque Clara decía que aún “olía a mugre”. Entonces tocaron la puerta.

Un golpe seco. Fuerte.

Ernesto abrió, y la puerta casi no alcanzó a cubrir la figura del hombre que estaba afuera. Alto, ancho de espalda, con un sombrero vaquero gastado y botas llenas de tierra seca.

Era Don Ramón Salgado.

Todos en la región conocían su nombre. Vivía solo en la sierra, en una enorme hacienda cerca de Real del Monte. Decían que era rico, pero amargado. Que desde que su esposa murió, su corazón se volvió de piedra.

—Vengo por la muchacha —dijo, sin rodeos.

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