Me vendieron a un anciano por unas cuantas monedas, creyendo que así se libraban de un estorbo. Pero el sobre que puso sobre la mesa destrozó la mentira que cargué durante 17 años.
Sentí que el corazón se me detuvo.
—¿Por María? —preguntó Clara, fingiendo una sonrisa—. Es débil y come mucho.
—Necesito manos que trabajen —respondió él—. Pago hoy. En efectivo.
No hubo preguntas. No hubo preocupación. Solo dinero sobre la mesa. Billetes contados rápido, como si yo no fuera una persona, sino una carga que por fin se quitaban de encima.
—Recoge tus cosas —ordenó Ernesto—. Y no nos avergüences.
Toda mi vida cupo en una bolsa de lona. Ropa vieja. Un pantalón. Y un libro desgastado.
Clara no se levantó para despedirse.
—Adiós, estorbo —murmuró.
El viaje fue una tortura. Yo lloraba en silencio, apretando las manos, pensando en lo peor. ¿Qué quería un hombre solo con una muchacha joven? ¿Trabajar hasta caer muerta? ¿Algo peor?
La camioneta subía por caminos de montaña hasta que llegamos.
La hacienda no era lo que esperaba. Era grande, limpia, rodeada de pinos. La casa de madera se veía cuidada, viva.
Entramos. Todo estaba en orden. Fotografías antiguas, muebles sólidos, olor a café.
Don Ramón se sentó frente a mí.
—María —dijo con una voz inesperadamente suave—. No te traje aquí para explotarte.
No entendía nada.
Sacó un sobre viejo, amarillento, con un sello rojo.
En el frente decía una sola palabra:
Testamento
—Ábrelo —me dijo—. Ya sufriste suficiente sin saber la verdad.
Ella pensó que había sido vendida para sufrir…
pero ese sobre escondía una verdad que nadie esperaba.
No te pierdas la Parte 2 …
ver continúa en la página siguiente
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
