Me vendieron a un anciano por unas cuantas monedas, creyendo que así se libraban de un estorbo. Pero el sobre que puso sobre la mesa destrozó la mentira que cargué durante 17 años.

Las manos me temblaban tanto que el papel crujía entre mis dedos.
Leí una línea.
Luego otra.
Y entonces sentí algo que nunca antes había sentido:
mi mundo se rompía… para volver a nacer.
Ese documento no era solo un testamento.
Era una bomba silenciosa que explotaba dentro de mí.
Decía que yo no era quien creía ser.
Decía que mi nombre verdadero había sido ocultado durante diecisiete años.
Decía que yo era la única hija de Alejandro de la Vega y Elena Morales, una de las familias más ricas y respetadas del norte del país.
Decía que ellos habían muerto en un accidente brutal, una noche de lluvia, cuando yo apenas era un bebé.
Decía que sobreviví de milagro.
Decía que todo lo que ellos construyeron… me pertenecía a mí.
Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
—Clara y Ernesto no son tus padres —dijo Don Ramón, con la voz rota y los ojos llenos de lágrimas—.
Eran empleados de la casa. Personas en las que tus padres confiaban.
Tragué saliva.
Mi corazón latía tan fuerte que me dolía.
—Te robaron —continuó—.
Te usaron.
Te odiaron porque eras la prueba viva de su crimen.
Entonces todo encajó.
El desprecio.
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