SALTE DE AHÍ AHORITA
Mi esposo me llamó de repente y preguntó, sin rodeos:
—¿Dónde estás ahorita?
Yo estaba en casa de mi hermana, en una colonia tranquila de la Ciudad de México, celebrando el cumpleaños de mi sobrina. La sala estaba llena, había risas, globos y olor a pastel recién cortado.
—En casa de mi hermana —respondí—. Está toda la familia aquí.
Del otro lado de la línea cayó un silencio raro, pesado, como si algo se hubiera atorado en el aire.
Entonces habló, con una voz que no le conocía:
—Escúchame bien. Agarra a nuestra hija y salte de esa casa ahorita mismo.
Solté una risa nerviosa, de esas que salen cuando algo no cuadra.
—¿Qué? ¿Por qué?
Me gritó, ya sin contenerse:
—¡Hazlo ya! ¡No preguntes nada!
Esa voz no era la suya. No era coraje. Era miedo puro, miedo de verdad.
Tomé a mi hija en brazos y empecé a caminar hacia la salida. El corazón me latía tan fuerte que sentía que todos podían escucharlo. Lo que pasó después fue aterrador.
La voz de mi esposo ya no sonaba como él.
Estaba tensa. Controlada a la fuerza. Aterrada.
—¿Dónde estás exactamente? —preguntó.
Miré alrededor de la sala de mi hermana Mariana. Globos rosas flotaban cerca del techo. Mi sobrina Lucía abría regalos sentada en el piso, mientras los tíos reían y grababan con sus celulares, diciendo que ese video iba directo al grupo de la familia.
—En casa de mi hermana —repetí—. Es el cumpleaños de Lucía. Está toda la familia.
Silencio.
Demasiado largo.
—Escúchame con atención —dijo al fin—. Toma a Emma y sal de esa casa. Ahorita.
Sentí un nudo en el estómago que me dejó sin aire.
—¿Qué está pasando, Daniel?
—Hazme caso —ordenó—. No preguntes. Sal ya.
Daniel nunca levantaba la voz. Jamás entraba en pánico. Llevábamos ocho años casados y era la primera vez que escuchaba terror real en él, un terror que no se puede fingir.
—Daniel…
—¡Sara! —gritó—. No tengo tiempo. Agarra a nuestra hija y sal inmediatamente.
No discutí.
No pude.
Caminé rápido por la sala, forcé una sonrisa que me dolió en la cara y cargué a Emma, que tenía seis años.
—Vamos al baño —le dije a Mariana, tratando de sonar normal.
Ella asintió, distraída, ocupada acomodando platos desechables.
Pero en lugar de ir al pasillo, me fui directo a la puerta principal.
—¿Mamá? —susurró Emma, pegando su carita a mi cuello—. ¿Qué pasa?
—Nada, mi amor —le dije, con las manos temblándome mientras abría la puerta—. Vamos a dar una vuelta.
Apenas cruzamos el umbral, lo escuché.
Sirenas.
No una ni dos.
Muchas.
Demasiadas.
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