Mi esposo me gritó por teléfono: ‘¡Agarra a la niña y sal corriendo ya!’ — Diez minutos después, la policía rodeó toda la casa
Sonaban a lo lejos, pero cada segundo estaban más cerca. Me quedé paralizada en el porche, sintiendo cómo el miedo me subía desde los pies.
—Mamá… —Emma se aferró a mi cuello con fuerza.
Entonces los vi. Camionetas negras sin placas avanzaban a toda velocidad desde ambos lados de la calle. Patrullas detrás, con las torretas rojas y azules iluminándolo todo como si fuera de día. Los vecinos salían de sus casas, en pijama, señalando, sin entender nada.
Mi celular vibró otra vez. Daniel.
—¿Ya saliste? —preguntó, con una urgencia que me heló la sangre.
—Sí —susurré—. ¿Qué está pasando?
—Súbete al coche. Cierra con seguro. Aléjate de la casa. No te detengas por nada, ¿me oyes?
Corrí.
Acomodé a Emma en su asiento infantil, luchando con el cinturón porque las manos no me obedecían. Cuando arranqué, miré por el retrovisor.
La policía rodeaba la casa de mi hermana. Agentes armados bajaban de las patrullas gritando órdenes, apuntando hacia la entrada.
Entonces vi algo que me heló la sangre.
No estaban buscando a una persona.
Buscaban algo dentro de la casa…
Lo que descubrí después cambió mi vida para siempre… Parte 2.
En ese momento entendí que no se trataba de una redada cualquiera…
Y lo peor…
Daniel lo sabía antes que nadie.
EL SECRETO QUE DANIEL ME OCULTÓ
Manejé sin rumbo fijo, hasta que los dedos se me acalambraron de tanto apretar el volante. Emma guardó silencio en el asiento trasero, sintiendo mi miedo aunque no lo entendiera. Me detuve en el estacionamiento vacío de un supermercado y contesté de nuevo.
—Dímelo todo —le exigí, con la voz quebrada.
Suspiró con dificultad.
—Nunca quise que te enteraras así.
—¿Enterarme de qué?
—Trabajo para una empresa privada de ciberseguridad contratada por la Fiscalía —confesó—. Analizo delitos financieros: lavado de dinero, empresas fantasma, transferencias ilegales.
Me quedé mirando el tablero, como si no pudiera enfocar la vista.
—Tú siempre dijiste que trabajabas en sistemas.
—No te mentí —respondió—. Solo no te dije toda la verdad.
—Entonces… ¿por qué la policía estaba en casa de mi hermana?
—Porque hace tres semanas detectamos una transferencia ilegal enorme —dijo—. Millones de pesos movidos a través de fundaciones falsas. Todo llevaba a una sola dirección residencial.
Tragué saliva.
—¿De quién?
Hubo una pausa larga, pesada.
—De tu hermana.
Sentí que el aire me abandonaba.
—Eso es imposible. Mariana es enfermera.
—Precisamente por eso funcionó —dijo—. Usaron su nombre y su dirección sin que ella lo supiera. Alguien cercano usaba su red y su buzón para mover el dinero.
Mi mente empezó a unir piezas.
—¿Su esposo?
—Sí —respondió Daniel—. Marco.
Pensé en las sonrisas forzadas de Marco. En sus relojes caros. En esos “trabajos de consultoría” que nunca sabía explicar bien.
—Lo descubrí anoche —continuó—. Marco no solo lavaba dinero. Está ligado a un grupo criminal bajo investigación federal. Tráfico de armas. El dinero era lo de menos.
Sentí náuseas.
—¿Entonces por qué la fiesta?
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