Mi esposo me hizo cocinar 20 platos con el brazo roto. Cuando descubrí lo que estaba haciendo en ese momento, le di una lección.

No era porque quisiera, créeme. Pero era más fácil que explicar por qué no podía. O por qué no debería tener que hacerlo.

Todo tardaba el doble. Usaba la cadera para cerrar el refrigerador, las rodillas para cerrar los armarios de golpe y los dientes para abrir los paquetes que no podía agarrar.

La escayola hacía que todo fuera torpe y pesado.

Maisie lloraba cada vez que me alejaba demasiado de ella. Hollis quería "ayudar", lo que significaba remover con fuerza y ​​comer queso rallado a puñados. Junie estaba sentada en la encimera con su libro para colorear abierto, apenas tocando sus crayones.

Me vigilaba de cerca todas las noches.

Una tarde, un tazón se me resbaló del brazo y cayó al suelo.

"No deberías estar haciendo esto", susurró.

"No está bien, mami".

"Lo sé, mi amor", dije.

 

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