El nombre que apareció en la pantalla hizo que me quedara inmóvil.
Mi esposo.
A esa hora él nunca llama. Si pasa algo urgente, siempre manda antes un mensaje corto: “¿Te puedo llamar?”
Me sequé las manos en la camiseta y contesté.
—¿Bueno?
Del otro lado no hubo respuesta.
Solo respiración.
Pero no era la respiración que yo conocía de él.
Era pesada, entrecortada, como si la persona al otro lado hubiera corrido durante mucho tiempo… o estuviera luchando por no entrar en pánico.
—¿Dónde estás? —preguntó.
La voz grave, baja, pero tensa como un alambre a punto de romperse.
—En la casa. ¿Qué pasa?
Un silencio largo.
Tan largo que miré la pantalla para ver si la llamada se había cortado.
—¿Estás sola?
Giré la cabeza y miré el departamento pequeño y familiar. La luz de la sala estaba encendida. Mi hija dormía en su cuarto. Todo era tan normal que resultaba casi aburrido.
—Estoy con la niña nada más.
Él inhaló profundamente.
Y luego habló muy despacio, palabra por palabra, con una claridad que me heló la sangre:
—Escúchame. No le abras la puerta a nadie esta noche. No apagues las luces. Y si escuchas que alguien te llama… no respondas.
Me reí por reflejo.
—¿De qué hablas? ¿Qué broma tan rara es esta?
—No estoy bromeando.
Su voz… no era de enojo. No era fastidio.
Era miedo.
Un miedo crudo, desnudo, sin intentar ocultarse.
—¿Pasó algo? —pregunté.
No contestó de inmediato.
Entonces escuché un sonido extraño del otro lado.
Como un claxon. Lejos. Luego más cerca.
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