Mi esposo me llamó a medianoche para decirme que no abriera la puerta… minutos después juró que nunca me había llamado.
—No prendas la lámpara del celular —dijo mi esposo rápido—. No dejes que sepan dónde estás.
La abracé fuerte, tapándole la boca. Su cuerpecito temblaba sin control.
Afuera, escuché otra voz.
Más baja.
Más ronca.
—“Sí hay una niña.”
—“Apúrate.”
Me mordí el labio hasta sentir sangre.
—Amor… —susurré— tengo miedo…
—Lo sé —su voz se quebró—. Si logran entrar, corre al baño. Hay una ventanita. No te lleves el teléfono.
—¿Y tú?
—Yo te vuelvo a llamar.
—¿Cuándo?
—Cuando sea seguro.
Escuché metal raspando la cerradura.
Cerré los ojos con fuerza.
Y entonces—
¡BAM!
La puerta tembló.
En ese mismo instante…
Mi teléfono vibró con violencia.
Otra llamada.
De mi esposo.
Me quedé helada.
—¿Amor… me estás llamando?
En la línea anterior, su voz sonó desesperada:
—¿Qué haces? ¿Por qué no me contestas?
Sentí que algo frío me recorría la espalda.
—Pero… estoy hablando contigo…
—No —dijo—. Estoy afuera del edificio. Y yo no te he llamado ni una sola vez esta noche.
La sangre se me congeló.
—Entonces… ¿quién es el que está en la línea?
La llamada no era el verdadero peligro.
El verdadero peligro… ya estaba detrás de la puerta.
Silencio.
Y luego él gritó:
—¡CUELGA AHORA MISMO!
Demasiado tarde.
Del otro lado…
una voz masculina habló.
Muy suave.
Muy tranquila.
—“Hola, Sara.”
No podía respirar.
—“Gracias por confiar en la primera llamada.”
Afuera—
La cerradura cedió.
…Y entonces, el sonido de sirenas de policía rasgó la noche.
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