Mi esposo me obligó a organizar su fiesta de cumpleaños con el brazo roto. Así que le di una lección que nunca olvidará.
Las piernas me salieron volando. Mi codo se estrelló contra el escalón y todo mi peso cayó sobre mi brazo derecho.
Escuché el chasquido.
El dolor fue instantáneo: agudo, abrasador, abrumador. Al principio ni siquiera podía respirar. Entonces grité.
Nuestra vecina, la señora Patel, salió corriendo con su bata.
—Dios mío —dijo, arrodillándose a mi lado—. No te muevas. ¿Sientes los dedos?
Lloraba desconsoladamente. «Sí. Duele. Duele muchísimo».
Intentó llamar a Jason. No hubo respuesta.
Estábamos a menos de tres metros de nuestra puerta principal y mi marido no contestó su teléfono.
Entonces llamó al 911.
Los paramédicos me estabilizaron el brazo y me subieron a la ambulancia. Temblaba de dolor, rabia y vergüenza.
Al alejarnos, pasamos por nuestra ventana delantera.
Pude ver la silueta de Jason en el sofá.
En el hospital le tomaron radiografías. Cuando el médico regresó, su expresión era tranquila, pero seria.
"Tienes una fractura en el brazo derecho", dijo. "Te lo enyesaremos. No levantes objetos, no conduzcas ni cocines nada pesado. Necesitas mucho reposo".
Me vendaron el brazo desde la mano hasta casi el hombro. Lo sentía pesado e inútil. Cada pequeño movimiento me causaba un dolor punzante.
"Deja que te ayuden", dijo el médico. "No puedes con esto".
Regresé a casa con analgésicos y un montón de instrucciones.
Jason estaba en el sofá, con la televisión encendida y el teléfono en la mano, como si nada hubiera pasado.
Él levantó la vista, vio el yeso y frunció el ceño.
—Vaya —dijo—. ¡Maldita sea!
Esperé a que dijera "¿Estás bien?"
No vino.
En cambio, se encogió de hombros. "Vaya, qué mal momento".
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