Mi esposo me tomó la huella dactilar mientras estaba sedada

Como si la muerte de su nieto fuera un inconveniente para su agenda.

La medicación que me habían dado me desgarraba los límites de la conciencia. Ni del todo sueño, ni del todo despertar.

Flotaba en ese extraño espacio intermedio donde los sonidos se volvían distantes y el tiempo dejaba de tener sentido.

A través de la niebla, oí voces. Bajas. Urgentes. Demasiado bajas para que las enfermeras las oyeran, pero no lo suficiente para que mi mente sedada las bloqueara.

"El médico dijo que apenas recordará nada", dijo Michael. Su voz era tranquila. Clínica. "La medicación la mantiene bastante a salvo".

"Bien". Era Eleanor. Firme y segura. "Entonces nos movemos rápido".

"Solo necesito su huella dactilar".

Las palabras atravesaron mi neblina como agua helada.

El pánico me invadió. Mi cerebro le gritaba a mi cuerpo que se moviera, que se apartara, que luchara.

Pero la medicación había bloqueado mis músculos. No podía moverme. No podía hablar. No podía hacer nada más que escuchar.

Sentí que me levantaban el brazo. Suavemente, con cuidado, como si intentaran no despertarme.

Mi dedo estaba presionado contra algo frío. Vidrio, tal vez. La pantalla de un teléfono.

Una vez. Dos veces. Tres veces.

"Entendido", susurró Michael. La voz de Eleanor era de acero puro. "Transfiérelo todo. No dejes ni un solo dólar".

Transfiérelo todo.

Las palabras resonaban en mi mente sedado. ¿Transferir qué? ¿Mi dinero? ¿Nuestros ahorros?

Intenté gritar. Intenté abrir los ojos. Intenté retirar la mano.

No pasó nada. Mi cuerpo me traicionó por completo.

"¿Cuánto?", preguntó Eleanor.

 

 

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