"Hola, cariño", dijo, entrecortado, como si hubiera subido corriendo las escaleras. Usaba ese tono siempre que quería parecer indispensable. Ocupado. Necesitado. "Estoy en medio de algo. Lo estoy terminando. Te quiero. Nos vemos pronto".
Sonreí sin pensar. Esa voz una vez había significado ambición. Estabilidad. Un hombre trabajando duro por nuestro futuro.
"Yo también te quiero", dije. "Estaba pensando en cenar algo de camino, quizás comida tailandesa o algo nuevo..."
El silencio me interrumpió.
Supuse que había colgado. Solía hacerlo, distraído, pasando a lo siguiente. Ajusté mi agarre al volante y me concentré en la carretera, en el rítmico barrido de los limpiaparabrisas, en la suave percusión de la lluvia al golpear el metal.
Entonces su voz regresó.
No era la que usaba conmigo.
"Dios", dijo, exhalando bruscamente. "Es tan sofocante. Casi resbalo y la llamo por tu nombre otra vez".
Se me encogió el pecho. Apreté los dedos hasta que me ardieron los nudillos. Miré el tablero. El temporizador de llamadas seguía contando hacia arriba, con números verdes que marcaban el ritmo como una bomba silenciosa.
No había colgado.
Por un momento, consideré hablar. Gritar. Me anuncié como un fantasma entrando en una habitación. Abrí la boca.
Entonces otra voz le respondió.
Suave. Familiar. Envuelta en una risa que había escuchado en cafés, en confesiones nocturnas, en años de convivencia.
"Mejor no", dijo la mujer, divertida. "No quiero que mi hijo se confunda sobre quién es su verdadera familia".
Mónica.
Mi mejor amiga desde la universidad. La mujer que estuvo a mi lado en mi boda, con los dedos entrelazados con los míos mientras esperábamos a que la música subiera de volumen. La mujer a la que había abrazado tres meses antes mientras lloraba en mi suéter, aterrorizada y sola, embarazada y abandonada.
La carretera se inclinó. Me desvié hacia el carril lento sin querer, con el corazón latiéndome tan fuerte que lo sentía visible, como si fuera a atravesarme las costillas y anunciarse al mundo.
"Tranquila", dijo Richard, con la voz suave ahora, segura de una manera que no le había oído en años. “Laura no tiene ni idea. Vive en esa burbuja que le construyó su padre. Cree que me estoy matando en el trabajo, construyendo nuestro futuro. Solo estoy esperando. Contando los días.”
Sentí un sabor metálico. Mi respiración se volvió superficial, rápida, como si el aire se hubiera enrarecido dentro del coche.
“Estoy cansada de esperar”, dijo Mónica, con la voz petulante. Podía verla sin intentarlo. El pelo cuidado, la ropa suave de maternidad que le había comprado la semana pasada, la mano siempre apoyada en su vientre. “Estoy de seis meses. No puedo seguir escondiéndome bajo estos suéteres. Es humillante fingir que este bebé es de un tipo que desapareció.”
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