Por un momento, consideré hablar. Gritar. Me anuncié como un fantasma entrando en una habitación. Abrí la boca.
Entonces otra voz le respondió.
Suave. Familiar. Envuelta en una risa que había escuchado en cafés, en confesiones nocturnas, en años de convivencia.
"Mejor no", dijo la mujer, divertida. "No quiero que mi hijo se confunda sobre quién es su verdadera familia".
Mónica.
Mi mejor amiga desde la universidad. La mujer que estuvo a mi lado en mi boda, con los dedos entrelazados con los míos mientras esperábamos a que la música subiera de volumen. La mujer a la que había abrazado tres meses antes mientras lloraba en mi suéter, aterrorizada y sola, embarazada y abandonada.
La carretera se inclinó. Me desvié hacia el carril lento sin querer, con el corazón latiéndome tan fuerte que lo sentía visible, como si fuera a atravesarme las costillas y anunciarse al mundo.
"Tranquila", dijo Richard, con la voz suave ahora, segura de una manera que no le había oído en años. “Laura no tiene ni idea. Vive en esa burbuja que le construyó su padre. Cree que me estoy matando en el trabajo, construyendo nuestro futuro. Solo estoy esperando. Contando los días.”
Sentí un sabor metálico. Mi respiración se volvió superficial, rápida, como si el aire se hubiera enrarecido dentro del coche.
“Estoy cansada de esperar”, dijo Mónica, con la voz petulante. Podía verla sin intentarlo. El pelo cuidado, la ropa suave de maternidad que le había comprado la semana pasada, la mano siempre apoyada en su vientre. “Estoy de seis meses. No puedo seguir escondiéndome bajo estos suéteres. Es humillante fingir que este bebé es de un tipo que desapareció.”
“Espera”, respondió Richard, ahora más frío, cada palabra pronunciada con intención. “El mes que viene. Se liquida la distribución del fideicomiso de su padre. Cinco millones de dólares. En cuanto llegue, lo traslado al extranjero, presento la documentación y nos vamos. Nueva vida. Borrón y cuenta nueva.”
Se me nubló la vista. La lluvia caía a raudales por el parabrisas, convirtiendo la ciudad en algo irreconocible.
“Nos llevaremos al bebé”, continuó. “Y la dejaremos con esa gran casa vacía y su vientre reseco”.
Las palabras fueron como un golpe físico.
Se me entumecieron las manos. El volante se sentía extraño, resbaladizo bajo las palmas.
Él lo sabía. Siempre lo había sabido. Cada cita. Cada inyección. Cada silencioso viaje a casa tras otro intento fallido. Los abortos espontáneos que había nombrado en mi cabeza y enterrado en mi cuerpo. La forma en que cargaba con ese dolor como una vergüenza privada, convencida de que mi incapacidad me había vaciado.
Un vientre reseco.
“De todos modos, es demasiado mayor para darme un hijo”, continuó Richard, casi como en una conversación. “Es estéril. Tú no. Me estás dando lo que ella nunca pudo. Un legado. Un heredero”.
Un sonido llenó el coche entonces, metálico pero inconfundible.
¡Zas! ¡Zas! ¡Uf!
Amplificado. Firme.
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