Mi esposo se mudó a la habitación de invitados porque dijo que roncaba, pero me quedé sin palabras cuando descubrí lo que realmente estaba haciendo allí.
No eran míos.
Pasos lentos y pausados en el pasillo. El suave crujido de la puerta de la habitación de invitados. Una silla raspando. Escribiendo.
Subí el volumen.
Ethan no estaba dormido.
Estaba despierto. Moviéndose. Trabajando. Haciendo algo.
¿Para qué mentir?
Esa noche, puse la alarma para las 2 a. m.
Cuando sonó, me deslicé de la cama. La casa estaba fría. Un fino rayo de luz volvió a brillar bajo la puerta de la habitación de invitados. Escribiendo.
Probé el picaporte. Cerrado.
Entonces recordé las llaves de repuesto que había escondido años atrás detrás de los libros de cocina.
Me temblaban las manos al coger una.
Me quedé de pie junto a la puerta, con el corazón latiéndome con fuerza. Dudé un segundo.
¿Y si me equivocaba?
Pero semanas de distancia y puertas cerradas habían agotado mi paciencia.
Giré la llave.
La cerradura hizo clic.
Abrí la puerta una rendija.
Ethan estaba sentado en el escritorio, con el portátil brillando contra su rostro cansado. Había papeles esparcidos por todas partes. Contenedores de comida para llevar. Su teléfono cargándose.
Y en la pantalla…
Docenas de pestañas.
Correos. Plataformas de pago. Mensajes.
Y una foto.
Un chico. De unos doce años. Cabello castaño. Una sonrisa cálida.
El mismo hoyuelo en la barbilla que Ethan.
"¿Ethan?", susurré.
Se dio la vuelta como si se hubiera electrocutado.
¿Anna? ¿Qué haces despierta?
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