Mi hermana quedó embarazada de mi prometido… así que me casé con su jefe, el hombre con el que había estado obsesionada durante años.

“Hiciste esto para lastimarme”, dice, con la voz quebrada, precisamente de la forma en que la gente quiere protegerla. “Siempre has tenido que ser la elegida”.

Tu madre se lleva las manos a la boca. Tu padre aprieta la mandíbula. Algunos invitados bajan la mirada, como si mirar la hierba pudiera protegerlos de la incomodidad.

Diego no te suelta la mano.
Se mueve ligeramente hacia adelante, colocándose entre Valentina y tú sin dramatismo ni alarde. Sin heroicidades, solo con la decisión silenciosa de no estar sola. Cuando habla, su voz tranquila rompe la tensión.

“Valentina, este no es el momento”.

Suelta una risa quebradiza.

“Oh, ¿ahora eres noble?”, retruca. “¿Ahora la defiendes?”

Un viejo instinto se agita en tu pecho, el moldeado por años de cenas familiares y expectativas silenciosas. La voz que susurra: Cállate. No lo empeores. No avergüences a nadie.

Pero ya lo hizo.

Y ya no eres más que un simple accesorio en la narrativa de alguien.

Levantas la barbilla, sintiendo cómo tu columna vertebral recuerda cómo mantenerte erguida.

"No", respondes, con la voz más firme de lo que esperabas. "No puedes llamarme egoísta el día que intentaste convertir mi vida en tu premio".

Un murmullo se extiende entre los invitados.
Los ojos de Valentina brillan, revelando a la niña testaruda que una vez fue. Luego, su rostro se suaviza con una expresión de dolor practicada.

"Lo besaste primero", dice.

Es un cebo astuto, simple y mordaz.

Miras a Diego. Su pequeño asentimiento te lo dice todo: Dilo con sinceridad.

"Tienes razón", respondes. "Lo besé primero. Después de que estuvieras en la mesa de mis padres, de la mano de mi prometido, anunciando tu embarazo como si yo no existiera".

Tu madre inhala profundamente.

 

ver continúa en la página siguiente