Durante semanas, mi hija de quince años me había estado diciendo que algo andaba mal en su cuerpo. Lo que más me asustaba no era solo su dolor, sino la facilidad con la que lo ignoraba la única persona que debería haberla protegido con la misma urgencia que yo
Empezó en silencio, como suele ocurrir con las cosas serias. Una mano posada sobre su vientre después de las comidas. Desayunos intactos. Una palidez que el sueño nunca borró del todo. Mi hija, a quien llamaré Maya, siempre había sido dura, con esa terquedad propia de la adolescencia. Odiaba faltar a la escuela. Odiaba quejarse. Odiaba parecer vulnerable. Así que cuando empezó a replegarse sobre sí misma cada tarde, cuando preguntaba si las náuseas podían durar tanto tiempo, le presté atención. La escuché.
Mi marido, Richard, no lo hizo.
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