Mi hija adolescente no dejaba de decirme que algo andaba mal con su cuerpo. Mi marido lo ignoró, considerándolo una reacción exagerada, hasta el día en que la llevé al hospital y la verdad transformó nuestra familia para siempre.

Empezó en silencio, como suele ocurrir con las cosas serias. Una mano sobre su vientre después de las comidas. Desayunos intactos.

Una palidez que el sueño nunca borró del todo. Mi hija, a la que llamaré Maya, siempre había sido dura, con esa terquedad propia de la adolescencia. Odiaba faltar a la escuela.

Odiaba quejarse. Odiaba parecer vulnerable. Así que cuando empezó a replegarse sobre sí misma cada tarde, cuando me preguntaba si las náuseas podían durar tanto tiempo, le presté atención.

Escuché.

Mi esposo, Richard, no.

"Está exagerando", dijo la primera vez que mencioné ir al médico, con la mirada fija en su portátil. "Los adolescentes absorben los síntomas por internet. Es estrés.

Hormonas. No lo conviertas en drama".

La segunda vez, suspiró como si le hubiera presentado un problema sin solución. "Los hospitales cuestan una fortuna.

Solo busca una excusa para quedarse en casa".

 

 

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