Mi hija de 7 años y su padre empezaron a tener "conversaciones privadas" en el garaje, así que instalé una cámara oculta y me arrepentí al instante.

Crecí en una casa llena de secretos. Mi cerebro está acostumbrado a esperar lo peor.

Una tarde, cuando Jason fue a la tienda y Lizzie estaba en su habitación, abrí el garaje. No parecía haber nada raro. Aun así, la ventana tapada hacía que la habitación pareciera cerrada, oculta.

Encontré una vieja cámara wifi que una vez usamos como monitor de bebés.
Me temblaban las manos al esconderla en un rincón.

Esa noche, cuando volvieron al garaje, abrí la aplicación.

Jason descorrió la alfombra.

Debajo había una puerta oculta.

Se me encogió el estómago.

La levantó, revelando unas estrechas escaleras que conducían al sótano. Le dijo a Lizzie que esperara y desapareció. Cuando regresó, traía un paquete plano envuelto en papel marrón y subió el volumen de la radio.

Dentro había lana, agujas de tejer y un pequeño suéter rosa.

En la parte delantera, en letras torcidas:
"Tengo la mejor mamá del mundo".

Me tapé la boca.

Se sentaron juntos durante casi una hora, tejiendo, riendo, corrigiendo errores. Jason sabía exactamente lo que hacía. Esto no era nuevo para él.

Durante las dos semanas siguientes, vi cada "tiempo en el garaje".
Aparecieron más suéteres.
Uno verde para Lizzie.
Uno gris para Jason.
Y otro, de tamaño adulto, todavía en la costura.

El texto decía:
"Tengo la mejor esposa del mundo".

Yo era la que se escabullía. Observaba. Mentía.
Entonces llegó mi cumpleaños.

Lizzie saltó a la cama gritando: "¡Feliz cumpleaños!".
Jason la siguió con panqueques y café.

Sacaron una caja grande.

Dentro estaban los suéteres.

Desiguales. Torcidos. Perfectos.

Uno decía:
"Soy la mejor madre y esposa".

"Sabíamos que nunca dirías eso de ti misma", dijo Jason. "Y lo hicimos".

Lloré. Mucho.

 

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