Mi hija de ocho años no dejaba de decirme que su cama le parecía "demasiado estrecha". A las dos de la madrugada, la cámara finalmente me mostró el motivo.

Alguien lo había escondido allí.

—Mia —dije en voz baja—, vamos a la sala.

—¿Por qué?

—Solo confía en mí.

En cuestión de minutos estábamos sentados en el sofá mientras yo llamaba a la policía.

Dos agentes llegaron unos treinta minutos después. Uno sacó con cuidado el dispositivo de debajo de la cama mientras el otro empezaba a hacer preguntas.

—¿Conoce a alguien que pudiera entrar en su casa sin permiso? —preguntó el agente.

Negué con la cabeza.

—No.

Pero Mia habló en voz baja desde el sofá.

—El técnico del cable vino la semana pasada.

Ambos agentes se giraron hacia ella.

—¿Qué técnico del cable?

—Dijo que estaba arreglando internet.

Se me heló la sangre.

Porque recordaba aquella visita.

Un técnico de una compañía de servicios había venido a revisar el router en la habitación de Mia.

Había estado arriba solo durante casi veinte minutos.

El agente asintió lentamente.

—Nos pondremos en contacto con esa compañía inmediatamente.

Esa misma noche, después de que Mia se durmiera a mi lado en el sofá, me quedé mirando el aparato que la policía había fotografiado.

El colchón se sentía "apretado" porque el equipo oculto presionaba hacia arriba.

Y el movimiento que vi en la cámara no era nada sobrenatural.

 

 

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